La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.282
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Todo lo he arriesgado y perdido. Pago mi derrota con mi vida.»
Firmé y lacré el sobre. En éste escribí el nombre de Pesca, seguido de estas palabras: «No la abra usted hasta mañana a las nueve, en caso de que no nos veamos antes. A las nueve, rompa el sobre y siga las instrucciones que encierra»
Todo lo encerré en un doble sobre, en el que escriba únicamente el nombre y señas de Pesca. Tan sólo tenía que ver ahora de encontrar el medio de llevar la carta a su destino. Si salía mal de mi entrevista, el criminal no quedaría impune.
Bajé al piso inferior en busca de un mensajero. Le dije lo que necesitaba y me propuso hacerlo por medio de su hijo. Le encargué a éste que llevara la carta en un coche y que volviera en él, y que el carruaje me esperara en la puerta, pues yo lo utilizaría. Eran las diez y media. Subí de nuevo a mi estudio y ordené mis cosas por si me ocurría algo.
Por primera vez tembló mi mano al intentar abrir la puerta del salón donde creí se encontraban Laura y Marian.
Marian estaba sola. Sorprendida, me miró, diciéndome: -¡Qué temprano! ¿Le ha ocurrido algo?
-Sí, ahora lo verá. ¿Dónde está Laura?
-Le dolía la cabeza y le he dicho que se acostara.
Fui a verla mientras Marian me miraba con la idea de que algo anormal ocurría. La vista de mi esposa en el lecho me quitó valor para realizar mi propósito. Pero pude dominarme. Laura dormía confiadamente. Besé sus manos sin despertarla, la miré por última vez y murmuré: «Dios te bendiga».
Encontré a Marian con una carta en la mano.
-Ha venido el hijo del dueño de la casa y me ha entregado esta carta diciendo que el coche espera a la puerta.
-Bien -dije yo, rompiendo el sobre.
La carta decía:
«Recibida su misiva. Si no le veo antes de la hora que indica, romperé el segundo sobre.
P.»
La guardé en mi bolsillo y me dirigí a la puerta. Marian me detuvo.
-Walter -dijo mirándome a la cara tengo la impresión de que esta noche se va usted a jugar el todo por el todo.
-Si, Marian, es la última y la mejor de mis probabilidades.
-Pero no solo -dijo temblorosa-. No desprecie usted mi compañía. Yo le esperaré en el coche.
-Si realmente quiere ayudarme -dije conteniéndola-, acompañe esta noche a mi esposa en su habitación. Deme usted esta tranquilidad, y demuéstreme así su valor.
Le estreché las manos y salí.
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