La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.281
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-Las leyes por las que se rige esta sociedad la hacen distinta de todas. El jefe supremo está en Italia, y cada nación tiene un presidente. Este y su secretario conocen a todos los miembros, pero éstos entre si se ignoran. Todos los socios llevan una marca que dura tanto como su vida. Ya se nos advierte al ingresar en la sociedad que si la traicionamos nos condenamos a muerte, y en un caso así no hay ley que nos salve. Cuando estuve en Italia, yo fui secretario. Todos los individuos de la sociedad desfilaban ante el jefe y ante mí.
No sé por qué, preveía una solución a todo aquel misterio. Pesca se había quitado la levita y arremangado la camisa.
-Le he dicho que tenía confianza en usted -me dijo-. Vea la marca que nos identifica.
En la parte superior del brazo tenía una quemadura circular del tamaño de una moneda de un chelín. Paso por alto los atributos que en ella figuraban.
-Todo el que tenga esta marca en el brazo pertenece a la Hermandad.
Sin decir nada más, se dejó caer sobre una silla, ocultando su rostro entre las manos.
-En lo más profundo de mi corazón guardaré su secreto, Pesca. Jamás se arrepentirá usted de ello. ¿Puedo venir a verle mañana?
-Si, Walter, venga usted y comeremos juntos.
-Buenas noches, Pesca.
-Buenas noches, Walter.
V
Mi primera impresión al salir a la calle fué que debía obrar consumo cuidado. No tenía duda alguna con respecto al motivo que había hecho que el conde abandonara el espectáculo. Estaba convencido de que la marca de la Hermandad se encontraba en su brazo. Me lo demostró el terror que sintió al ver a Pesca. Es fácil comprender el porqué el reconocimiento no fué mutuo. Aquel rostro afeitado debió poblarlo una barba en otro tiempo, y tal vez los negros cabellos fueron de otro color. Por otra parte, los años le habrían transformado.
Decidí tener una entrevista aquella misma noche. Si sabía el conde que su secreto estaba en mi poder, no retrocedería la idea de deshacerse de mí. Me resolví a hacérselo conocer por una tercera persona, con encargo de proceder enérgicamente si en el plazo fijado de antemano yo no daba personalmente contraorden. Llegué así a casa y me encerré en mi estudio. Le escribí a Pesca en estos términos:
«El hombre que le indiqué ayer en el teatro es miembro de la Hermandad y ha sido traidor a ella. Ponga ambas afirmaciones en conocimiento de sus jefes. Ya sabe usted quién es. Vive en Forest Road, 5, Saint John Wood. Por la amistad que me profesa, actúe rápidamente y sin piedad.
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