La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.280
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Al llegar a casa de Pesca le conté a éste todas mis observaciones y terminé diciéndole:
-Ese hombre le conoce a usted, Pesca, y le tiene miedo. Puedo asegurarle que es un hombre que teme muy pocas cosas. Aquí hay un motivo poderoso que me interesaría conocer. Sé que ha salido usted de su país por causas políticas. No me las ha confiado usted nunca, pero le ruego que mire a su pasado y vea si entre sus recuerdos hay alguno que pueda explicarnos el terror de este hombre.
-Walter -me dijo temblando-, usted no sabe lo que pide.
Me miró como si un tremendo peligro nos amenazara, y se descompuso su rostro.
-Perdóneme -le dije- si evoco recuerdos penosos para usted. Nunca lo hubiera hecho si no se tratara de reparar la injusticia que se ha cometido con mi esposa. Por esto me atrevo a pedirle este sacrificio.
Solemnemente me contestó:
-Walter, cuando me salvó usted la vida le dije que podía disponer de ella como quisiera. Ahora me lo exige usted y no retiro esa promesa. Escúcheme, pero no veo qué relación pueda haber con lo ocurrido esta noche. A ver si usted puede encontrarla.
En italiano, porque su estado le impedía hacerlo en inglés, me dijo:
-Desconoce usted los motivos que me obligaron a abandonar mi patria. Mi destierro no ha sido decretado por el gobierno. Probablemente haya usted oído hablar de sociedades secretas. Durante mi estancia en Italia pertenecía a la más poderosa de todas, y hoy, en Inglaterra, pertenezco aún. Llegué aquí enviado por mi jefe. Hace muchos años, mi exceso de celo y mi irreflexión hicieron que la sociedad temiera comprometerse conmigo, y por esta razón me enviaron aquí, diciéndome que aguardara. No sé cuándo me llamarán, pero estoy dispuesto a cumplir con lo que se me diga. Pongo mi vida en sus manos, diciéndole en nombre de la sociedad: Tenga usted en cuenta que si se sabe esta confidencia mía a usted puedo considerarme hombre muerto.
Para no perjudicar a mi amigo, llamaré la Hermandad a esta sociedad, callándome su verdadero nombre.
-Su objeto -continuó Pesca- es destruir la tiranía proclamar los derechos del hombre. Sus principios son dos Mientras la vida de un hombre sea útil a la sociedad, o indiferente por lo menos, tiene derecho a disfrutarla. Pero si envuelve un peligro, es una acción laudable arrebatársela. Ustedes, acostumbrados a varios siglos de libertad, no pueden comprender esto. Durante el reinado de Carlos I, ustedes, los ingleses, nos hubieran hecho justicia. Ahora les ruego que no nos juzguen.
Hablaba con entusiasmo, pero en voz baja, como si temiera que le oyesen.
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