La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.279
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Llevaba un gigantesco clavel en el ojal y bajo el brazo los más gigantescos gemelos que he visto en mi vida.
V
Cuando entramos, terminábanse las últimas notas de la sinfonía. En realidad, yo no había comunicado a Pesca el motivo de aquella invitación, y el bondadoso italiano disfrutaba con el espectáculo. No tardé en descubrir al conde en la décima fila de butacas, destacándose sobre todos sus vecinos.
Cuando terminó el primer acto, la mayor parte de la concurrencia se levantó. Era el momento qué yo esperaba. Vi al conde levantase también y observar con los gemelos los palcos. Le dije entonces a Pesca:
-¿Conoce usted a ese hombre?
-No, no lo conozco. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Es algún famoso personaje?
-Es compatriota suyo. Se llama Conde de Fosco, y tengo particulares razones por encontrar a alguien que lo conozca.
-Tampoco conozco ese nombre.
-¿Está usted seguro? Véalo bien, se lo ruego.
Durante nuestro diálogo se había acercado a nosotros un hombre de escaso cabello, con una cicatriz en la mejilla izquierda. Nuestras palabras despertaron su curiosidad. Pesca se había cambiado a otro sitio, desde donde podía examinar mejor al conde. Precisamente, los gemelos del conde se dirigieron hacia aquel lugar y las miradas de los dos hombres se encontraron. Tuve ocasión de observar los rostros de cada uno. Pesca no pareció conocer al conde Fosco, pero éste no sólo demostró haberlo reconocido, sino que incluso dió la sensación de temerle, porque únicamente así podía explicarse el estremecimiento que experimentó y la palidez que invadió su semblante. También me di cuenta de que al hombre de la cicatriz le llamaba la atención el cambio que se había producido en el conde.
Yo fui el primero que experimenté por todo esto una extraña admiración, y absorto en mis reflexiones me encontraba cuando la voz de mi amigo me sacó de ellas.
-¿Por qué me mirará ese señor tan alto, si yo no le conozco?
Procuré distraer su atención, pero sin cesar de observar al conde, que, en cuanto le pareció que no le observaban, se dispuso a salir. Inmediatamente cogí a Pesca del brazo, y a pesar de sus protestas le declaré la necesidad de marcharnos.
Más rápidamente que nosotros lo hizo el hombre de la cicatriz.
Al llegar al vestíbulo no vimos a nadie. Se habían esfumado.
-Vamos a su casa, Pesca -le dije-. Tengo que hablar con usted inmediatamente.
-Pero, ¿qué es lo que ocurre? -preguntó asombrado el hombre.
Sin contestarle, le llevé afuera. Por el camino pensaba que la inesperada fuga del conde podía relacionarse con una próxima partida, y, por lo tanto, no teníamos tiempo que perder.
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