La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.278
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Esto le indicó a Marian la posibilidad de que fuera un desterrado político, pero esta sospecha no se compaginaba bien con la correspondencia extranjera, muy abundante, y las cartas con membrete oficial. Todo esto me indujo a aplicar al conde aquella misma palabra que pronunció Laura y que oyó la condesa: «Espía». Estaba seguro de ello y de que el conde pertenecía al servicio de espionaje de algún gobierno.
Ese año se celebró en Londres la gran exposición del Palacio de Cristal. En virtud de la afluencia de extranjeros, se tomaron varias medidas de tipo internacional, y entre ellas figuraba el apostar gran número de espías pagados por sus gobiernos respectivos como agentes auxiliares.
Esto me dió la idea de acudir al único italiano a quien conocía y en quien podía tener plena confianza: el profesor Pesca. Fui a verle y lo encontré tan cariñoso y expresivo como siempre. Fué en aquel momento para mí el amigo que en toda ocasión me había demostrado ser. Pero antes de reclamar su auxilio quiso ver personalmente al hombre con quien tenía que luchar. Tres días después de nuestro regreso a Londres fui solo al bosque de Saint John, entre las diez y las once de la mañana. Pasé por debajo de las ventanas de la casa del conde, y tuve ocasión de oír una voz fuerte y bronca con la que las descripciones de Marian me habían familiarizado: «Uno, dos, tres, paso al otro dedo. Así, querido, uno, dos, tres, cuatro. Otro salto. Muy bien, precioso. Pío, pío, pío...» Lo mismo que en Blackwater, el conde amaestraba a sus canarios.
No tardé en oír el ruido de una llave abriendo la puerta, y los primeros acordes de la plegaria de «Moisés», cantada por una voz magnífica de bajo. Esto me Indicó la proximidad del conde, y, en efecto, se abrió la puerta del jardín y salió un hombre a la calle, que se dirigió hacia Regent Park. Yo le seguí a cierta distancia. Cruzó el parque saludando amistosamente a algunas niñeras de la vecindad y pasó a internarse por las calles de la ciudad. Le vi entrar en la tienda de un óptico y salir al poco rato de ella con unos gemelos de teatro en la mano. Paróse después ante el teatro de la Opera, leyó el cartel y se hizo llevar al despacho de billetes de dicho teatro. Se representaba «Lucrecia Borgia», y esto me indicaba que el conde sería uno de los espectadores. Todo aquello me dió una idea: la de llevar a mi amigo Pesca a la representación y mostrarle de cerca al conde, por ver si lo conocía. Quedamos de acuerdo sobre este particular, y a las ocho a recogerle.
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