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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.277

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-Sean las consecuencias que sean las que se produzcan por esta conversación - le dije-, los intereses de Laura serán siempre para mí los más importantes. Hoy no tengo sobre ella derecho alguno que sancione la sociedad y que me permita protegerla y exigir responsabilidades al conde, único medio que puede establecer su personalidad. Ya no hablemos de mí ni de mi cariño. Y le ruego, Marian que me aconseje sobre esto.
-He de decirle sólo que tiene usted razón, Walter, pero, ¿cree usted que tengan éxito sus proyectos con respecto al conde?
-No me cabe la menor duda. Hay una discrepancia de fechas en la que puede basarse mi victoria. El conde sabe cuáles son, y todo estará conseguido si logro que las confiese. De otro modo, me temo que no pueda hacerse nada.
-¿Teme usted una derrota?
-No tengo razón para confiar en el éxito. Sé que la fortuna de Laura está ya perdida y que, probablemente, no pueda ni siquiera reclamar su nombre entre los vivos, y, además, que no tiene otro porvenir que el que su esposo pueda procurarle. Todo esto no hace más que darme valor para atreverme a ofrecerle mi corazón y mi vida. En la prosperidad fui el profesor que guiaba su mano. Ahora, en la desgracia, reclamo para toda la vida esa misma mano.
Me ahogaba la emoción y no pude decir más. Marian se levantó y me dijo:
-En cierta ocasión, Walter, le separé a usted de ella. Espere usted ahora aquí, a que venga Laura y le diga lo que he hecho ahora.
Por primera vez desde mi partida de Limmeridge me besó en la frente. Sentí sobre ésta, además, el calor de una lágrima. Marian salió y esperé a que volviera. Toda sensación se había paralizado en mi. Recuerdo únicamente que brillaba el sol y que el mar traía a mis oídos sus rumores. Se abrió por fin la puerta y Laura avanzó hacia mí. Sus pasos no recordaron los que dió en Limmeridge cuando vino a despedirse. Entonces estaba triste; ahora, no. Su rostro resplandecía.
-Por fin podemos confesarnos nuestro cariño. ¡Qué feliz soy, Walter!
Diez días más tarde nos habíamos casado.
IV
Quince días después regresábamos a Londres. Tanto Marian como yo evitamos manifestar a Laura el motivo de nuestro regreso. El conde se marchaba en junio. Tenia que prepararme. Para atacar al conde, lo primero que me era necesario era conocer los pormenores de su vida, y leí atentamente los fragmentos del diario de Marian. Me llamó la atención que, desde hacía tiempo, no hubiese visitado su patria y que se hubiera interesado notablemente por si algún caballero italiano vivía en aquellos contornos.


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