La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.276
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Sabidos estos pormenores, quedan aclaradas las referencias de la señora Catherick al aludir al señor Fairlie en su carta. Marian me demostró que su madre no tenía ninguna duda de lo que pudiera haber ocurrido, como tampoco el señor Fairlie, pues parece ser que la señora Catherick, antes que confesar su embarazo a este ultimo, prefirió callarse y desaparecer de la casa.
Pensé en Ana entonces. Creía estarla viendo aún durante nuestra última entrevista en el cementerio de Limmeridge. Dios, en su infinita misericordia, le había concedido en la muerte el eterno descanso en el lugar donde en vida no se atrevió a soñar que reposaría. Como una sombra, pasó por mi lado, y también como una sombra desapareció.
III
Habían transcurrido cuatro meses. Continuaba dedicado a fructuosos trabajos con objeto de aumentar nuestra comodidad y asegurar económicamente nuestro
porvenir. Marian recobraba su energía y lentamente su buen humor, a pesar de que muchas veces la veía triste y parecía distinta de lo que había sido.
En Laura, el cambio fué más rápido. Su salud progresaba francamente, y no tardó en recobrar el color y la expresión, tan particulares suyas. Pero continuaba sin haber recobrado la memoria. Por lo demás, era la misma encantadora criatura que conocí en el pabellón del parque. Todo esto repercutió en el crecimiento de nuestro amor.
Nuestras relaciones diarias se hicieron menos francas. Temblaban muestras manos al encontrarse, Y se ruborizaba cuando nos hallábamos solos. Me daba cuenta de que nuestra situación se hacía insostenible, y que era necesario tomar una resolución. Sin embargo, no quise precipitarme, y antes de dar el paso definitivo decidí cambiar de aires y de vida. Con este propósito, dije en una ocasión que nos merecíamos unas vacaciones, y que podíamos, pasar un par de semanas al lado del mar. Las dos jóvenes acogieron entusiasmadas mi proposición. Días después salíamos a una tranquila playa del sur.
Cuando llegamos a ésta, éramos nosotros los únicos forasteros. El lugar era maravilloso. Yo tenía intención de consultar a Marian sobre determinadas cosas, y hasta el tercer día de nuestra estancia en la playa no tuve oportunidad de hacerlo. Pero antes de comenzar a hablar, me dijo:
-Sé que usted quiere decirme hoy lo que quedó por decir hace varios meses. Comprendo que tiene usted razón. Se impone un cambio. De nuevo nos hallamos reunidos y el tema de nuestra conversación es Laura. Incluso el paisaje se parece a Limmeridge.
-En aquella ocasión, Marian, seguí sus consejos. Hoy, que la conozco mejor, vengo a pedirle de nuevo su parecer.
Sin contestarme, me estrechó la mano en silencio. La conmovió mi recuerdo del pasado.
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