La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.275
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-¿Qué quiere usted decir? -preguntó Marian sorprendida.
-Ya se lo explicaré más adelante. Cuando sea el momento, que puede no lo sea nunca. Hasta este momento ha ocultado usted la muerte de su marido a Laura.
-Y se la ocultaremos algún tiempo más.
-No, Marian, créame. Bien está que ignore lo ocurrido; pero prudente y cariñosamente debe usted hacerle saber que su marido no existe.
-¿Tiene usted alguna razón para esto?
-Sí, la tengo.
-¿Y me la calla usted a mí? -Palideció repentinamente; brilló en sus ojos un resplandor de infinita ternura y sus firmes labios temblaron al añadir-: Comprendo. Ustedes tienen alguna esperanza.
Suspiró profundamente, me estrechó la mano y salió de la habitación.
Laura supo al día siguiente la muerte de su marido. El nombre de éste no volvió a pronunciarle entre nosotros. Evitamos siempre el referirnos tanto a su muerte como a su vida.
Nuestra vida de siempre se reanudó. La casa requería un aumento de gastos, y busqué un trabajo más productivo. Esta calma me permitió emplear mi tiempo en una medida de precaución con respecto al conde. Me interesaba saber si éste permanecería mucho tiempo en Inglaterra. Con este fin me dirigí al administrador de la finca donde vivía preguntándole si ésta quedaría desalquilada en breve, porque tenía interés en arrendarla. Me contestó que el caballero extranjero había renovado por seis meses el contrato, y esto me tranquilizó.
Había prometido dar a la señora Clements nuevos detalles de la muerte y entierro de Ana, y así lo hice. Además, contando con la aprobación de Marian, escribí al Mayor Donthorne, de Varneck Hall, donde la señora Catherick trabajó durante varios años en su juventud y de donde salió para casarse. No sabía si viviría aún; pero esperaba me aclarase determinados asuntos de familia.
No tardó en llegar la contestación y en demostrarme que el Mayor vivía y estaba dispuesto a complacernos. Decía que el difunto Sir Percival Glyde no había estado jamás en su casa y que era desconocido de toda la familia. Añadía que el difunto señor Felipe Fairlie fué en su juventud su más íntimo amigo, y podía agregar que pasó el mes de agosto de 1826 en su casa, hasta mediados de octubre, de donde partió para Escocia. Desde entonces no supo nada más de él, hasta que volvió para presentarle a su esposa.
Todo esto, al parecer insignificante, tenía una gran importancia sabiendo que la señora Catherick hallábase en su casa por aquellas fechas, y que Ana nació en el mes de junio del año siguiente. Quedaba, pues, explicado el parecido con Laura, quien, como se decía, era el exacto retrato de su padre.
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