La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.273
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-Sí, ayer le vi y, lo que es peor, hablé con él.
-¿Habló usted con él? ¿Cómo se ha atrevido a penetrar en su casa?
-Verá usted, Walter. Ayer, Laura dibujaba en la mesa del salón. Me acerqué a la ventana para ver si llovía y vi en la calle al conde hablando con un caballero en quien reconocí al director de la casa de salud.
-¿Vió usted si él conde señalaba hacía la casa?
-No. Me pareció que hablaban casualmente. Yo los observaba detrás de la cortina. Laura, dibujando, no vió nada. Por fin los dos hombres se separaron y cada uno sé fué por su lado. Empezaba a tranquilizarme, atribuyendo aquel encuentro a la casualidad, cuando vi volver al conde por la acera de enfrente y pasar ante nuestra casa. Le dije a Laura que había olvidado algo en la portería, y bajé apresuradamente para detenerle. Al bajar, me encontré a la niña del quiosco de periódicos, que traía una tarjeta para mí, en la que se decía lo siguiente: «Distinguida señorita: Para un asunto que nos interesa igualmente a los dos, quisiera cambiar con usted unas palabras» Comprendí que nada adelantaría negándome, y, por otra parte, siempre es mejor conocer las intenciones del enemigo. Le dije a la niña que le dijese al caballero que esperara. Subí a arreglarme un poco y me entreviste con él. Me saludó con la misma galantería de siempre.
-¿Recuerda usted todo lo que dijo?
-No espere usted que se lo repita, Walter. Le diré lo que dijo de usted, pero no lo que me dijo a mí. Manifestó que había conocido casualmente su regreso a Inglaterra, y que esto lo había puesto en conocimiento de Sir Percival, aconsejándole lo que debía hacer. Pero éste, que era torpe y terco, hubiera hecho probablemente alguna tontería si la muerte no se lo hubiera impedido. Pensando ahora que usted se metería con él, se había precavido, y había citado al director del manicomio delante de nuestra casa con objeto de decirle dónde se encontraba su antigua cliente, ayudando a recuperarla con objeto de evitar sus trabajos. Esto no lo hizo porque algo se lo impidió en el último momento.
-¿Qué consideración fué esa?
-Me avergüenza decirlo, pero se lo diré. Yo fui la consideración. Creo que el único punto débil de ese endurecido corazón es una pasión absurda que, según perece, le he inspirado. Me habló con los ojos llenos de lágrimas. Me dijo qué, en el momento en que iba a denunciarla, me vió en el balcón y viéndome tan afligida comprendió el inmenso sufrimiento que me produciría la pérdida de Laura. Y no tuvo valor para hacerlo.
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