La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.272
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Pero era muy breve y, decía así:
«Vuelva usted en cuanto pueda. Me he visto obligada a cambiar de casa: vivo en Gower´s Walk, 5. No tema usted nada. Estamos bien; pero regrese enseguida.
Marian»
Relacionando esta carta con alguna intriga del infame conde, me quedé mudo de estupor. Me pregunté qué habría sucedido, sin poder ocultar mis inquietudes. Ya había transcurrido una noche desde que aquellas líneas fueron escritas, y aun tendría que pasar algunas horas antes de que yo volviera, detenido por las estúpidas formalidades de la ley. Pero Marian me inspiraba una gran confianza.
Comparecí con los testigos, pero no se me llamó a declarar. El notario de Londres dijo que la muerte de su cliente le había producido una triste sorpresa, y que no podía aclarar aquel obscuro asunto. Tres horas duró la causa, pero como no se aclaró nada, se declaró veredicto de inculpabilidad, y todos quedamos en libertad para marcharnos. El representante legal de Sir Percival se quedó para todo lo que se refiriese al entierro, etc.
Pagué la cuenta del hotel y me dirigí a Knowlesbourgh, para comparecer ante mi juicio de faltas. Durante el camino encontré a un propietario, que me pidió permiso para subir a mi coche, deseo al que accedí. Hablamos de cosas actuales, y resultó ser aquel propietario un amigo del señor Merriman, notario del muerto. Me dijo que la sucesión y la herencia caían en aquel primo famoso a quien desde un principio debieran haber pertenecido.
Después de esto, que me confirmó en mi resolución de guardar silencio, me despedí de mi casual compañero y me presenté en el ayuntamiento. Como había supuesto nadie compareció, y media hora después quedé en libertad de marcharme. Veinte minutos más tarde me dirigía a Londres en el expreso.
I
Llegué a la nueva casa antes de las diez. Laura y Marian corrieron a recibirme, y los tres nos confundimos en un fraternal abrazo. Marian estaba demacrada, demostrando con ello la responsabilidad de lo que había pesado sobre ella durante mi ausencia. En cambio, Laura parecía mucho mejor que cuando me fui. Se había distraído notablemente con la mudanza, que consideraba una ocurrencia feliz de Marian, con objeto de sorprenderme a mi regreso. Le encantaba haber cambiado aquella casa tan estrecha y obscura por la vecindad del camino y el río. Me alegró mucho ver su mejoría, y comprender que su causa principal era el valor y la abnegación de Marian.
Cuando me quedé a solas con ella me preguntó si me había asustado su carta.
-Mucho -le contesté-, pero me tranquilizó en seguida ver que estaba usted aquí. Cosas del conde Fosco, ¿verdad?
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