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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.271

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-Eche usted de aquí a esa imbécil.
Ana, oyendo esta palabra, se plantó delante de él diciendo.
-Pídame perdón inmediatamente o le mando a la horca contando su secreto.
Había repetido mis propias palabras. El enmudeció y se puso lívido, y yo la eché a empujones fuera de la habitación. Cuando el hombre se repuso de su sorpresa, no puedo repetir lo que dijo. Soy una mujer respetable y no puedo traer a mi memoria semejantes blasfemias y palabrotas. Suponga usted las que quiera, y dejemos este asunto.
Intenté arreglarlo todo diciéndole que Ana había pronunciado algunas frases mías ignorando de qué se trataba que era muy extraña y que le gustaba que se le tuviera consideración. Pero él no me hizo ningún caso. Dijo que Ana conocía el secreto y me aseguró que continuaría pagándome la pensión si consentía en encerrarla. En esta ocasión cumplí con mi deber de madre exigiendo que fuera a una casa de salud buena y cara, con objeto de que los vecinos no tuvieran nada que decir. Muchas veces es un consuelo saber qué se ha cumplido con el deber.
Todos celebraron esta prudente resolución. Lo malo fué que Ana supo que él tenía una parte muy importante en este asunto, y su antipatía se convirtió en odio.
¿Ha satisfecho usted ya su curiosidad? No obstante, tengo algo que reprocharle. Durante nuestra conversación dudó usted con respecto a la paternidad de mi hija. Esto indica poca corrección. En lo sucesivo, no toleraré libertades como ésta. La moralidad del pueblo no lo permite. Domine usted su curiosidad sobre este respecto, porque yo no la satisfaré. Continuaré viviendo como hasta ahora. He economizado lo suficiente.
Si le parece a usted necesario escribirme, hágalo, y si quiere verme, venga. No hable de la carta en ninguno de los dos casos, porque negaré haber la escrito. Por esta razón, ni pongo nombre, ni fecha, ni firma.
He de advertirle que, si quiere venir a verme, mi hora de tomar el té es a las cinco, y que no espero nunca.
LA HISTORIA CONTINUA POR WALTER HARTRIGHT
I
Esta carta, obra maestra de la depravación femenina y del egoísmo brutal, no decía nada nuevo acerca de Sir Percival Glyde. Confirmaba lo que ya sospechaba. Sin embargo, quería aclarar algo con respecto a la paternidad de Ana, por quien siempre había sentido un vivo interés. Con esta idea, me eché la carta al bolsillo para pensar en este asunto cuando tuviera tiempo. Al día siguiente prestaría declaración ante el magistrado y quedaría libre entonces de volver a Londres, en el tren de la tarde o de la noche. Empecé como siempre el día; fui a correos en busca de la carta.


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