La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.270
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Me limito a decir que cumplo lo establecido en el contrato y cobré mi desahogada pensión. De vez en cuando efectuaba algún pequeño viaje, no sin haber solicitado permiso de mi dueño y señor. Mi ausencia más larga se debió a un viaje que hice a Cumberland, con objeto de asistir a una hermana mayor que se suponía tenía bastantes ahorros. Trabajo inútil: no me dejó un céntimo. Para molestar a la señora Clements, que nunca me fué simpática, me llevé a Ana conmigo, y no sabiendo qué hacer allí con la niña la mandé a la escuela de Limmeridge. La maestra, una mujer horriblemente fea que había conseguido casarse con un hombre muy guapo, me divirtió por el gran cariño que demostró hacia mi imbécil hija. Entre otras tonterías que le metió en la cabeza, hizo que se vistiera siempre de blanco. A mí me han gustado otra clase de colores, y decidí que una vez volviéramos a casa cambiaría aquel estado de cosas. Sin embargo, no pude conseguirlo. Cuando se metía algo en aquella cabeza obtusa, se volvía más obstinada que una mula. Peleamos mucho, y para acabar con esto, la señora Clements, que iba a establecerse entonces en Londres, se quiso lleva a Ana. No quise que se saliera con la suya y me negué.
Poco después tuve necesidad de hacer un pequeño viaje, y pedí permiso para ello al caballero que me había confinado en este lugar. En esta ocasión, sacó a relucir lo más rufianesco de su carácter. Grosera e insolentemente me dijo que él no quería, y no pudiendo contenerme prorrumpí en insultos y denuestos contra él en presencia de mí bajó. Entre otras cosas, dije que era un impostor y que le enviaría a la horca en cuanto quisiera divulgar su secreto. Mi hija me escuchaba atentamente, y esto me devolvió la razón. No fué muy agradable reflexionar con respecto a esta ligereza. Cada vez, Ana se mostraba más extraña y anormal. No tendría nada de particular que repitiera mis palabras. Experimentaba cierto temor y, de todos modos, no estaba preparada para lo que ocurrió al día siguiente. Sin aviso por su parte, el caballero se presentó en mi casa. Se había dado cuenta de que su insolencia y grosería podían ser peligrosas y vino dispuesto a reparar el mal. Pero como venía de mal humor y no se atrevía a meterse conmigo, se metió con Ana.
-¡Váyase! -dijo, mirándola con desprecio.
Pero mi hija no se movió.
-¿Está sorda? -gritó-. ¡Váyase!
Entonces, mi hija, enrojeciendo, pues, creo que tenía algunas vagas nociones de dignidad, dijo:
-Hábleme con mejores modales.
El caballero me miró entonces y dijo:
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