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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.269

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Pero consiguió hacerlo, y así, en muerte, hizo una mujer honrada de su madre, ya que no lo había sido en vida. En esta ocasión, he de confesarlo, se portó muy bien conmigo. El reloj y la cadena fueron excelentes, y todavía los conservo.
Me dijo usted que la señora Clements le había contado cuanto sabia. No es, pues, necesario que le describa otra vez el escándalo de que fui víctima. Ya sabe usted la acusación que mi imbécil esposo y las demás gentes me hicieron, cuando sorprendieron al joven y a mí en la sacristía. Pero lo que usted ignora es cómo acabaron las cosas entre los dos. En cuanto vi el giro que aquello tomaba, le dije: «Debe usted hacerme justicia y librarme de la apariencia de una falta que sabe positivamente, que no he cometido. Usted no tiene por qué contarle toda la verdad a mi marido; pero debe darle su palabra de honor de que no soy culpable» Se negó y dijo que tenia interés en que mi marido y todo el vecindario continuaran en esa creencia, pues de este modo no sospecharían la verdad. Esto me indignó, y le dije que lo diría a todo el mundo. Pero me contestó que si lo hacia me acusaría como cómplice y estaría perdida.
Lo dijo fríamente, añadiendo la descripción del horrible castigo que me esperaba si se descubría el delito. Entonces no era la ley tan suave como lo es ahora, y no sólo los asesinos morían ahorcados. Me callé, pero usted puede comprender fácilmente el odio que desde aquel día he sentido hacia él. El caso es que, como yo merecía una indemnización, se dispuso a concedérmela mediante dos condiciones: silencio absoluto y prohibición de salir de la ciudad sin su permiso. No podía hacer otra cosa y acepté.
Luché durante mucho tiempo contra la enemistad y el desprecio de mis vecinos, y al cabo de muchos años gané la batalla.
Supongo que tiene usted gran interés en saber cómo guardé el secreto y cómo se enteró de él mi hija Ana. Tampoco mi gratitud le negará este favor. Y permítame decirle, de paso, que experimento una gran sorpresa ante el interés que demuestra usted por mi hija. No puedo explicármelo. Si el interés le lleva a enterarse de la vida de Ana durante sus primeros años, diríjase a la señora Clements; ella conoce los pormenores mejor que yo. Desde luego, estoy segura de no haber sido una madre modelo. Mi hija fué siempre una carga para mí, con el agravante de su debilidad mental. Como veo que a usted le gusta la confianza, le hablo de este modo.
No le molestaré con palabras inútiles.


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