La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.267
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Volví a comer al hotel. Al pasar por la plaza en que vivía la señora Catherick tuve un momento intención de entrar para la darle la noticia; pero por la prensa local traía todos los pormenores. Por otra parte me molestaba la idea de ver aquella impasible y egoísta mujer. Horas después me hallaba en el café descansando. Una mujer, según me dijo el portero, había dejado para mí una voluminosa carta, y en aquel momento me hacia entrega de ella.
La abrí, pero carecía de fecha y de firma. La letra parecía desfigurada. A la segunda frase suya sabía perfectamente quién era mi corresponsal: la carta me la enviaba la señora Catherick. Copio al pie de la letra lo que me decía:
CONTINÚA LA HISTORIA DE ANA CATHERICK
Muy señor mío:
Me prometió usted volver, pero no ha vuelto. De todos modos, esto no tiene importancia. Conozco la noticia y por esta razón le escribo. ¿Se dió cuenta usted de la expresión de mi rostro cuando se separó de mí? Pensé si seria usted el instrumento escogido por la Providencia para destruir a ése. Efectivamente lo era usted y le ha aniquilado.
Me han dicho que fué usted lo bastante débil para intentar salvar su vida. Le disculpa únicamente su juventud y que, afortunadamente, no lo ha logrado. Me alegro de ello. Le doy a usted la enhorabuena con toda la efusión de un odio acumulado durante veintitrés años.
Yo debo hacer algo por quien me ha prestado semejante servicio. Si fuera joven, le diría a usted: Le pertenezco en alma y cuerpo. Pero no lo soy, y decidida, al fin y al cabo, a hacer algo en beneficio suyo, intentaré calmar la curiosidad que demostró usted por saber de mis asuntos privados. Continúe leyendo, pues, y entérese.
Usted sería un niño allá por el año veintisiete, pero yo era la mujer más hermosa de todo Welmingham. Mi marido era un imbécil despreciable. No le importa a usted cómo conocí en aquel entonces a un joven noble que tampoco le interesa a usted saber cómo se llama. No le doy nombre, porque nunca lo tuvo, y usted sabe eso ahora tan bien como yo. Probablemente, le interesa más saber de qué forma llegó a conquistar mi simpatía. Ha detener usted en cuenta que yo nací con los gustos de una princesa, y él, con sus cumplidos y regalos, los satisfizo. No hay ninguna mujer que resista a la admiración que se expresa con dulces, palabras y valiosos regalos. Naturalmente todo esto habría que pagarlo de un modo u otro, y usted no puede imaginar lo que pidió. Total, nada, una pequeñez: las llaves de la sacristía y del armario de registros, aprovechando un momento en que mi marido estuviera fuera.
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