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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.266

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A otra persona que no hubiera sido Marian Halcombe no me hubiese atrevido a decirle la verdad, pero yo conocía el temple de aquella extraordinaria mujer.
El juez, una vez se hubo identificado el cadáver, trató de averiguar la causa del fuego. Los primeros testigos que declaramos fuimos el chico que avisó al sacristán en la calle, el criado y yo. El primero habló claramente, pero no así el criado, que no parecía todavía repuesto del golpe. Su declaración fué tan vaga que le ordenaron que se sentara. Afortunadamente, la mía fué muy corta. Yo ignoraba quién era el difunto. Jamás le había visto y no sabia por qué se encontraba en la sacristía. Fui a casa del sacristán para informarme del camino, y al enterarme de que le habían robado las llaves le acompañe a la iglesia, creyendo que podría serle útil. Al llegar supe lo del fuego. Oí a un hombre dentro que gritaba pidiendo socorro. Por humanidad hice cuanto pude para salvarle.
El tribunal no pudo descubrir nada con respecto a los motivos del fuego, ni si había sido o no intencionado. En vista de ello, aplazáronse las diligencias para dos días más tarde. En el intervalo, se buscarían más testigos y se mandó llamar al notario del difunto, que vivía en Londres.
Muerto de fatiga, tanto física como moral, volví al hotel. Incapaz de soportar las conversaciones de la gente, comí con toda rapidez y me retiré a mi modesta habitación del segundo piso, con objeto de descansar y pensar, sin que nadie me interrumpiera, en los trágicos acontecimientos del día.
Nada tenía que hacer al día siguiente. Si hubiera tenido más dinero, hubiese adquirido un billete de ida y vuelta para Londres, con objeto de visitar a mis queridas reclusas. Pero no podía hacer gastos inútiles, y con objeto de pasar el tiempo decidí visitar el lugar de la tragedia.
Desde la noche anterior todo había cambiado. En el mismo lugar en que fueron oídos los gritos del moribundo y el lúgubre ruido de la llave, jugaban ahora los niños del barrio, disputándose entre sí los restos del siniestro. La noche anterior me había llamado poderosamente la atención una mujer de pálido y trágico rostro. Ahora estaba lavando y en su cara se reflejaba la estupidez perfecta. El buen sacristán no hacía más que decir constantemente que él no tenía ninguna culpa de lo que había ocurrido, y que esperaba que aquellos señores lo reconocieran así. Al abandonar aquellos lugares volvieron mis pensamientos al objetivo de mi vida: la rehabilitación de Laura. Era necesaria su identificación personal, y esta esperanza casi se había perdido con la muerte de Sir Percival, el único que hubiera podido restablecer la veracidad de los hechos.


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