La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.265
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-¿Qué puerta?
-La que da a la iglesia. Estaba con la cabeza junto a ella.
-¿Con la cara quemada
-No -contestaron
-No, está chamuscado, pero no quemado
-¿Quién era? ¿Qué iba a buscar allí adentro
-No sería cosa buena
-¿Lo hizo a propósito
-¿Quemar a propósito
-No, no me refiero a él; me refiero a la sacristía
-¿Le conoce alguien de aquí
-Hay un hombre que dice que le conoce
-¿Quién
-Un criado, dicen. Pero está atontado y la policía no se fía de él
-¿No le conoce nadie más
-No sabemos
Entre el murmullo de la gente, alzóse clara y distinta la voz de una autoridad qu
preguntaba
-¿Dónde está el caballero que ha intentado salvar a ese hombre
-Aquí, aquí -dijeron varías voces
Numerosos rostros se volvieron hacia mí; numerosos brazos apuntaban en m
dirección. Un policía avanzó hacía mí con una linterna en la mano
-Tenga la bondad de seguirme -dijo con calma
Yo no podía hablar. Intenté decir que no le había visto nunca, que no podrí
indentificarle. Pero le seguí maquinalmente. Las palabras no acudían a mis labios
-¿Conocía usted a ese caballero?
Pronunciando estas palabras, penetramos en un círculo de policías. Tres de ellos, que tenían linternas en la mano, las bajaron casi al nivel del suelo. Sus ojos fijáronse esperanzados en mi rostro. Yo seguí la dirección de las luces, tan bajas, mientras oía estas palabras:
-¿Puede usted identificar al señor?
Mi mirada continuaba descendiendo lentamente. No vi nada al principio, sino una grosera manta de lona. Por uno de sus extremos salía una cabeza ennegrecida, rígida y espantable a la luz amarilla de las linternas. La respiración de la multitud podía escucharse en aquel silencio pavoroso.
Así le vi por primera y última vez. Así quiso la voluntad de Dios que él y yo nos encontráramos un día.
XI
Por razones de las autoridades locales y del inspector jefe, la causa se instruyó rápidamente. Al día siguiente declararon los testigos y yo entre ellos.
Lo primero que hice aquella mañana fué ir al correo en busca de una carta de Marian. Con gran alegría mía, allí estaba su carta. Me aseguraba en ella que las dos hermanas seguían bien y en tranquilidad, que Laura mejoraba sensiblemente y me enviaba muchos recuerdos, y que quería saber con un día de anticipación la fecha de mi regreso. Marian me decía que con sus ahorros particulares quería preparar una buena comida.
Le escribí a Marian del mejor modo que me fué posible todo lo que ya en estas páginas queda dicho. Le rogué que por el momento no dijera nada a Laura, ni la dejase leer los periódicos hasta mi vuelta.
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