La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.264
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Apenas intenté este temerario proyecto, una inmensa llama surgió por el tragaluz. Los cristales, al romperse, dejaron penetrar el aire, que animó aquella inmensa hoguera. Allí, a escasos pasos de nosotros, un hombre necesitaba nuestra ayuda y no podíamos prestársela. Me enloquecía esta idea.
La escasa población de la barriada abandonada se reunió en torno nuestro. Alguien dijo que se habla avisado a los bomberos, pero que tardarían por lo menos un cuarto de hora en llegar.
No podíamos permanecer inactivos durante todo ese tiempo.
Entre los hombres más débiles que acudieron al espectáculo distribuí linternas para alumbrarnos mientras buscábamos entre las casas derruidas alguna viga con la que poder echar abajo la puerta. Por fin encontramos una a propósito. Reuniendo todos nuestros esfuerzos, golpeamos, los macizos tablones de encina, que resistieron pesadamente a nuestros embates, como habían resistido a los del tiempo. Por último, cedió la puerta y arrastró un trozo de muro en su caída. Las llamaradas que salieron por el hueco nos hicieron retroceder. Dentro, era todo una inmensa hoguera. El criado, mirando a través de las llamas como un idiota, preguntó:
-¿Dónde está?
-Se ha convertido en polvo y en ceniza -comentó el sacristán-. Lo mismo que los libros. Pronto a toda la iglesia le pasará lo mismo.
De pronto llegó a nuestros oídos un sonido áspero. Era la bomba contra incendios. Dos minutos después estaba colocada. La gente salió a su encuentro y el sacristán quiso imitarla, pero no tuvo fuerzas para levantarse de la sepultura sobre la que se había sentado. Apoyado en ella, continuaba murmurando:
-¡Salvad la iglesia!
El criado, inmóvil, contemplando atónito las llamas, repetía constantemente:
-¿Dónde está?
Quedó montada la bomba poco después. Si ahora hubiese sido necesaria mi ayuda, no hubiera podido prestarla. Me habían abandonado todas mis fuerzas. Como un sonámbulo, contemplaba el incendio. Vi el chorro de agua caer sobre las columnas de fuego rompiendo su brillo. La luz vivísima iba haciéndose más opaca y las llamas eran reemplazadas por el humo y las chispas. La policía se posesionó entonces de la puerta. Se produjo un breve comentario. Dos hombres se destacaron del grupo y entre la pública ansiedad penetraron en una de las casas en ruinas y salieron con una puerta. Con ella se dirigieron a la ardiente entrada de la sacristía. La gente les abrió paso. Los dos guardias entraron y la muchedumbre se acercó aun más, con objeto de oír y ver mejor que los otros. Se suscitaron preguntas y respuestas sin sentido, en voz baja y afanosa, por todas partes.
-¿Lo encontraron?
-Sí.
-¿Dónde?
-Ante la puerta, de bruces.
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