La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.263
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-El día que las tenga, seré yo el primero en aconsejarle que acuda a los tribunales.
-Ya veo que todo esto es muy difícil -dije yo casi sin darme cuenta-, porque me parece que las únicas personas que recuerdan exactamente esa fecha son Sir Percival y el conde Fosco.
Por primera vez desde mi visita, el rostro de mi abogado se iluminó con una sonrisa.
-Supongo -me contestó- que por ese lado no esperará usted ayuda.
-Se les obligará a que lo confiesen, señor Kyrle.
-¿Quién lo hará? -preguntó.
-Yo -repuse.
Los dos nos levantamos. El me miró con más atención de lo que había hecho hasta aquel momento.
-Es usted muy decidido. Si alguna vez se decide a emprender la causa, disponga de mis conocimientos y experiencia. Le advertiré tan sólo que, aunque consiga establecer su identidad, será más que difícil obtener el dinero. Ya conoce usted las dificultades económicas de Sir Percival...
-Le ruego que no continúe -le interrumpí-. No he sabido nunca nada de los negocios de Lady Glyde. Lo único que ahora sé es que su fortuna se ha perdido. Pero yo he consagrado a ella mi vida y lo único que me interesa es que entre llave daba inútilmente vueltas a la cerradura. La voz comenzó a gritar. Era la de un hombre en el máximo grado de terror y angustia. Pedía socorro.
-¡Dios mío! -exclamó el criado-. ¡Es mi amo! ¡Es Sir Percival!
-Dios se apiade de su alma -exclamó el sacristán temblando-. Maldita cerradura. No se puede abrir por dentro. Golpeé como pude la puerta. Aquella idea que durante tanto tiempo había dominado mis pensamientos, se desvaneció instantáneamente. No recordé las iniquidades de aquel hombre la destrucción de mi felicidad, el injusto odio con que me había perseguido. Todo se borró como una pesadilla y dejó en su lugar el sentimiento humano de querer salvar de una muerte horrible a un hombre.
-Por la otra puerta, salga usted por la otra puerta. Por la de la iglesia. La cerradura está rota. Apresúrese.
Los gritos de socorro habían cesado. La llave no giraba ya en la cerradura. Crujía la madera y caían hechos mil pedazos los cristales del tragaluz.
Miré a mis dos acompañantes. La linterna la sostenía ahora el criado y parecía un imbécil. Seguía con la vista todos mis movimientos, como si fuera un perro. Temblando y musitando oraciones, el sacristán se había sentado sobre una de las tumbas del cementerio.
-Venga -le dije al criado-, sosténgame; voy a subir sobre sus hombros, para llegar al tejado. Voy a ver si puedo descolgarme por el tragaluz.
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