La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.262
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Mi amigo, el señor Gilmore, me la recomendó mucho antes de retirarse de los negocios -y diciendo estas palabras, extrajo de un cajón una carta sellada.
-Yo creí que iba a mostrármela, pero de pronto pareció cambiar de idea y la dejó en la mesa ante él. Sin perder un instante con rodeos inútiles, le expliqué todo lo que ya conoce el lector. Luego, le pregunté:
-¿Qué es lo que piensa usted de todo esto?
-Necesito antes hacerle unas preguntas.
Estas fueron tan astutas, que veíase claramente la desconfianza del abogado, desconfianza que me obligó a decir:
-¿Cree usted que he dicho toda la verdad?
-Según usted, sí. Respeto vivamente a la señorita Halcombe. Por lo tanto, no dudo de la veracidad de un caballero que llega a mí por intercesión de ella. Incluso he de decirle que, en atención a la señorita y a usted, admitiré a Lady Glyde como viva, pero particularmente. Ahora bien, ¿quiere usted saber, como ahogado, mi opinión? Pues es ésta: su causa está perdida de antemano.
-Esto que me dice usted es muy duro señor Kyrle.
-Pero es justo, señor Hartright. Le ruego que me perdone si le digo que carece usted de pruebas. Unicamente la señorita Halcombe y usted sostienen que la supuesta Ana Catherick es Lady Glyde. Pero el señor Fairlie no lo ha reconocido así, ni incluso los criados que estaban a su servicio. Todo este castillo de naipes que se levantara sobre la base falsa de los recuerdos de una perturbada mental, no tardaría en venirse abajo a la primera impugnación un poco seria y detenida que se hiciera.
-¿Y usted no cree que pudieran encontrarse pruebas? -pregunté-. Yo dispongo de un par de centenares de libras.
-Piense usted mismo el caso -contestó, moviendo la cabeza-. Lo más difícil de toda la ley es la cuestión de identidad personal. Admitiendo, por otra parte, que tenga usted razón, lo que profesionalmente no puedo admitir, si su parte contraria es poderosa, le opondrá toda clase de obstáculos legales; rebatirá, uno a uno, todos sus argumentos, y le hará gastar, no cientos de libras, sino miles, y aunque haga usted exhumar el cadáver, puesto que usted mismo conviene en el parecido, tampoco esto daría resultado alguno. Créame, señor, su causa no tiene defensa posible.
-¿Y no podrían presentarse otras pruebas distintas de las de identidad? - pregunté, no queriendo darme por vencido.
-Sí. Si pudiera usted, por ejemplo, obtener una discrepancia en las fechas de la muerte, teniendo en cuenta el certificado del doctor y el viaje de Hampshire a Londres, podría, tal vez, hacerse algo.
-Yo las encontraré, señor Kyrle.
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