La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.260
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A finales de octubre, nuestra vida se había regularizado completamente. Yo adquiría fuerzas para esa desesperada lucha que presentía había de desencadenarse en el porvenir. Momentáneamente, todos nuestros momentos los absorbía el delicado estado de Laura.
Su Parecido con Ana Catherick era realmente extraordinario, tanto, que únicamente a Marian y a mí no podía engañarnos. Había sufrido ahora una transformación moral no menos considerable. Parecía como si hubiera perdido totalmente la memoria, y los espantosos sufrimientos experimentados desde el momento en que contrajo matrimonio con Sir Percival habían quedado grabados en forma indeleble en sus inquietos y espantosos ojos. Marian y yo la tratábamos como si fuera una niña. Paciente y cariñosamente conseguíamos devolver a su recuerdo apacibles escenas de su vida de soltera, evitando la menor relación o alusión a su vida posterior. Por esta razón, decidí yo obrar sin su conocimiento ni su ayuda.
Habiendo tomado esta resolución, era necesario saber cuál era el primer paso que debíamos dar. Después de haber consultado con Marian, dicidimos, aportando toso los hechos, datos y pormenores que pudiéramos reunir, exponerlos a la discreción reconocida del señor Kyrle, y ver si la ley podría estar de nuestra parte. Con este motivo, me dirigí a casa de la señora Vesey, tratando de saber y asegurarme si los recuerdos dados por Laura, con motivo de sus visitas eran realmente exactos.
Considerando la edad y el estado de salud de esta señora, no quise sobresaltarla, y hablé de Laura nombrándola siempre como la difunta Lady Glyde. No tardé en convencerme de que no se podía confiar lo más mínimo en la memoria de la pobre enferma. La señora Vesey había recibido, en efecto, la carta de Laura, pero no la había visto, y la epístola carecía de fecha. Por tanto, esta señora no había sernos útil en nada. A mi regreso, rogué a Marian que escribiera al ama de llaves del castillo, pidiéndole una relación de los hechos que acaecieron en los últimos tiempos de su estancia en Blackwater. Esperando la contestación, visité al doctor Goodricke, quien me mostró la copia del certificado de defunción que ya se conoce. Por otra parte, me puso en relación con la mujer que había preparado el cadáver, para el entierro, y me indicó, al mismo tiempo el paradero de la cocinera de los condes, quien, en virtud de una discusión tenida en la casa con la condesa, había abandonado su servicio.
Con los testimonios de todas estas personas, que ya en este libro se conocen, me consideré lo suficientemente documentado para efectuar mi visita al abogado.
Aquella mañana entreteníase Laura en corregir algunos de los dibujos que se me habían encargado. Yo me levanté dispuesto a marcharme.
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