La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.257
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Según sus impresiones a veces aquella misma tarde recobró el conocimiento, y según lo que se había propuesto, fué á pasar la noche a casa de su antigua, aya, la señora Vesey. Era realmente imposible para ella decir cómo y cuándo salió de la casa adonde la llevó el conde, pero recordaba vagamente que en casa de la señora Vesey le había ayudado a desnudarse la señora Rubelle. Con respecto a la mañana siguiente, sus recuerdos eran todavía más vagos. Tenía la idea de haber viajado en coche en compañía del conde y de la señora Rubelle. A partir de ese, momento hasta su llegada a la casa de salud, se producía una, terrible laguna, imposible de ser dilucidada.
En la casa de salud oyó que la llamaban por primera vez Ana Catherick, y no tardó en convencerse que vestía las ropas de aquella desgraciada. Esto era todo lo que su memoria conservaba; fragmentos incompletos, pormenores y algunos contradictorios. La enfermera, en la primera noche que pasó en la casa de salud, le mostró la marca de todas sus piezas de su ropa, diciéndole:
-Vea su nombre en su ropa y no nos moleste usted más queriendo hacerse pasar por la señora Glyde. Ella está muerta y enterrada, y usted está viva y con salud. Mire ahora para sus ropas. Ahí están, marcadas con buena tinta, y la misma marca la encontrará en todo cuanto le pertenece y que aquí quedó: Ana Catherick, escrito en todos los sitios.
Allí estaban las marcas, cuando la señorita Halcombe examino la ropa blanca que su hermana usaba la noche de su llegada a Limmeridge House.
La prudencia de la señorita Halcombe le impidió interrogar a su hermana durante el viaje a Cumberland, sobre todo respecto a lo que había ocurrido en la casa de salud. De sobras comprendía que no estaba dispuesta su cabeza para un esfuerzo semejante. Llegaron tarde a Limmeridge, la noche del día 15, y Marian dejó para el día siguiente la reconquista de la identidad de su hermana.
Muy temprano se presentó en la habitación del señor Fairlie, y tras algunos rodeos, quiso contarle lo ocurrido. Pero el señor Fairlie, con gran sorpresa y alarma de Marian, no la dejó concluir. Le dijo, enojado, que se convertiría en el juguete de una loca peligrosa, cuyo parecido con su sobrina todos conocían y más después de la carta escrita por el conde Fosco, que él le había mostrado ya, añadiendo que se negaba totalmente a semejante persona y consideraba la presencia, de ella en su casa como un insulto dirigido a su familia.
Dominando apenas su violenta indignación, Marian abandonó la alcoba del señor Fairlie.
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