La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.254
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-Tiene usted ahí a Ana Catherick y a su enfermera. Si quiere usted hacerle algunas preguntas, la enfermera le contestará.
Y después de pronunciar estas palabras, su acompañante saludó cortésmente y se marchó. Marian avanzó entonces, y también lo hizo por su parte la mujer. Apenas se encontraron a diez pasos, la loca miró intensamente a la recién llegada, se soltó del brazo de su acompañante y se lanzó a los de Marian, que la estrechó efusivamente, pues acababa de reconocer en ella a su hermana.
Por suerte, nadie más que la enfermera presenció esta escena, y ésta, estupefacta, no tuvo ánimos ni para pronunciar una sola palabra. Pocos instantes le bastaron a la señorita Halcombe para recobrar su energía, venciendo la gran emoción que experimentaba. Consiguió que la enfermera la dejara hablar unos minutos con la asilada. No había tiempo para nada, ni para demostraciones de cariño ni de preguntas. Marian limitóse a hacer comprender a Laura que era preciso tranquilizarse, tener un absoluto dominio de si misma, que ya se preocuparía ella de sacarla de allí enseguida. Se dirigió luego a la enfermera y colocó en su mano cuanto llevaba en el bolsillo, unas tres libras, preguntándole dónde, y cuándo podría hablarle sin testigos. La mujer se alarmó al principio, pero cuando Marian le aseguró que quería tan sólo preguntarle algo que a nada había de comprometerla, guardóse el dinero y le dijo que al día siguiente, a las tres de la tarde, la esperaría junto a los muros de la parte norte del edificio, en el lugar de los terrenos por edificar. Marian, para no despertar sospechas, se separó de su hermana prometiéndole darle en breve buenas noticias.
Cuando se encontró con ánimo para reflexionar se dió cuenta de que provocar un proceso legal para que su hermana recobrara la personalidad que le correspondía era algo demasiado largo y de éxito muy dudoso. Contando con la ayuda de la enfermera, se decidió por una inmediata evasión. Al llegar a Londres, se dirigió a casa de su agente de Bolsa, le vendió todos los valores que poseía y esto la hizo dueña de setecientas libras. Había decidido pagar la libertad de su hermana con todo el dinero que poseyera, hasta el último céntimo.
Al día siguiente, la enfermera acudió a la cita puntualmente. Marian comenzó haciéndole gran número de preguntas. Por las respuestas qué obtuvo se enteró de que la enfermera que estaba al cuidado de Ana Catherick cuando ésta se escapó por primera vez, había perdido en consecuencia la plaza, aunque había que reconocer qué la culpa no había sido suya. En igualdad de circunstancias, lo mismo habría de ocurrirle a ella, y ésta, ahora mas que nunca, tenía un interés muy grande en conservarla, porque tenía novio y necesitaba lo que ganaba para ahorrar las trescientas libras que precisaba para abrir la tienda que se había propuesto.
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