La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.250
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-El día que las tenga, seré yo el primero en aconsejarle que acuda a los tribunales.
-Ya veo que todo esto es muy difícil -dije yo casi sin darme cuenta-, porque me parece que las únicas personas que recuerdan exactamente esa fecha son Sir Percival y el conde Fosco.
Por primera vez desde mi visita, el rostro de mi abogado se iluminó con una sonrisa.
-Supongo -me contestó- que por ese lado no esperará usted ayuda.
-Se les obligará a que lo confiesen, señor Kyrle.
-¿Quién lo hará? -preguntó.
-Yo -repuse.
Los dos nos levantamos. El me miró con más atención de lo que había hecho hasta aquel momento.
-Es usted muy decidido. Si alguna vez se decide a emprender la causa, disponga de mis conocimientos y experiencia. Le advertiré tan sólo que, aunque consiga establecer su identidad, será más que difícil obtener el dinero. Ya conoce usted las dificultades económicas de Sir Percival...
-Le ruego que no continúe -le interrumpí-. No he sabido nunca nada de los negocios de Lady Glyde. Lo único que ahora sé es que su fortuna se ha perdido. Pero yo he consagrado a ella mi vida y lo único que me interesa es que entre CONTINÚA LA HISTORIA RELATADA POR WALTER HARTRIGHT
I
Al cabo de una semana transcurrida después de haber escrito la última página, abro un nuevo período entre el bullicio y estruendo de una calle de Londres. Es populosa, y el barrio pobre. He alquilado con nombre supuesto una modesta casa de dos pisos, cada uno con tres habitaciones. El piso bajo lo ocupa un modesto vendedor de periódicos. Yo ocupo el segundo, y el primero dos mujeres que pasan por hermanas mías. Momentáneamente me gano el pan dibujando y haciendo xilografías para la Prensa. Mis hermanas, al parecer, me ayudan con sus labores. El domicilio, los falsos nombres y las pretendidas ocupaciones no son más que otros tantos medios para ocultarnos en el inmenso caos de Londres. Hemos de escondernos, porque, a juicio de los demás, Marian y yo no somos más que cómplices de una loca llamada Ana Catherick, que pretende usurpar la personalidad y el puesto que corresponde a la difunta Lady Glyde. Así es como aparecemos en la tercera época de esta narración.
Ante los ojos de la razón y de la ley, para parientes y amigos, y de acuerdo con todas las formalidades que exige la sociedad civilizada, Lady Glyde yace al lado de su madre en el cementerio de Limmeridge. Ha sido borrada de la lista de los vivos. Esta mujer, negada para todos por unos y desconocida por otros, vive sólo para su hermana y para mí, para ese pobre maestro de pintura que sólo, desconocido también, sin recursos ni amigos, se propone reñir una tremenda batalla contra el mundo entero para devolverle su puesto en la sociedad.
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