La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.248
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Con ansiedad me miró y me dijo:
-Se cansa usted de mí, ¿verdad? Se va porque le aburro, ¿no es cierto? Le aseguro que lo haré mejor y me pondré pronto buena. Walter, ¿me quiere usted lo mismo que antes, a pesar de que esté tan delgada y tan fea?
Hablaba como lo hubiera hecho una niña de diez años. Con la mayor inocencia decía lo que pensaba, y le dije, conmovido profundamente, que la quería más que nunca, que no tardaría en ponerse buena y que hiciera todo lo posible para que esto ocurriera cuanto antes, con objeto de alegrarnos a Marian y a mi.
Al salir, le dije a Marian:
-Creo que volveré pronto, pero si ocurriera algo...
-¿Qué puede ocurrir? -me preguntó Marian sobresaltada-.
-Sir Percival me hizo vigilar antes de que me marchara. Si puede localizarme, volverá a hacer lo mismo. Yo haré lo que sea para que no encuentre la dirección de esta casa. Por esta razón, no puedo decir cuanto tardaré. Pero tarde lo que tarde, no deje usted que entre nadie en la casa, y no se preocupe por nada.
-Lo haré -dijo la joven valientemente-. Le aseguro a usted, Walter, que no tendrá por qué arrepentirse de no tener más ayuda que la de una mujer. De todos modos -añadió estrechándome la mano-, tenga usted cuidado.
La dejé en casa, y comenzó así a iniciarse la terrible aventura por aquel sendero tortuoso y oscuro que comenzaba en la puerta de la casa del abogado.
IV
Nada digno de mención ocurrió hasta mi llegada a casa de los señores Gilmore y Kyrle, en Chancery Lane. Hice pasar mi tarjeta de visita al notario, aunque en aquel momento se me ocurrió que tal vez hubiera sido más prudente citar en otro lugar al abogado, pues el conde conocía sus señas y pudiera muy bien ocurrir que hiciera vigilar su casa. Por precaución decidí en aquel momento no ir directamente a casa desde allí sino dar un gran rodeo.
Esperé algunos minutos, y no tardaron en introducirme en el despacho. El señor Kyrle era un hombre muy atento, pero un tanto frío. Se comprendía, evidentemente, que no entregaba en seguida su simpatía a las gentes, pero, también veíase que en el ejercicio de su profesión no se dejaba desconcertar con facilidad. No hubiera podido encontrar un hombre más a propósito para lo que deseábamos.
-Antes de comenzar, señor Kyrle -dije, después de Saludarle-, debo poner en su conocimiento que, aunque trataré de ser muy breve, experimento el temor de abusar de su tiempo.
-Mi tiempo está hoy por completo al servicio de la señorita Halcombe.
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