La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.246
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Ana Catherick se presentaría, sin duda, en casi del conde Fosco, usurpando la personalidad de Laura, y Lady Glyde había sustituido a Ana Catherick en la casa de salud. No cabía duda de que tanto Sir Percival como el conde Fosco, y aun el director de esta casa de beneficencia, habían sido cómplices en este crimen.
Comprendimos que no deberíamos esperar piedad ni de Fosco ni de Sir Percival. Tal como habían quedado las cosas en este momento, la situación les había proporcionado treinta mil libras, veinte a uno y diez a otro, y si habían cometido un crimen para conseguirlas, no era de esperar que retrocedieran ante otro para conservarlas.
Esta consideración, muy digna de tenerse en cuenta, hizo que fijáramos nuestra residencia en un barrio obrero de Londres, donde no había gente que tuviera tiempo que perder para preocuparse de la vida de los demás. Por otra parte, teníamos que vivir económicamente, reduciéndonos a lo que yo ganaba con mi trabajo. Teníamos que esperar a que los derechos de Laura se reivindicaran, y a este objeto decidí consagrar toda mi vida.
Marian y yo preparamos el plan que a partir de aquel momento habrían de seguir nuestras existencias. En la casa no había otros inquilinos que nosotros, y de momento acordarnos que ninguna de las dos saliera de ella sin que yo las acompañara, y que no abriesen la puerta a nadie durante mi ausencia. Me presenté luego a un amigo mío, que poseía un magnífico taller de grabados, y le pedí trabajo, diciéndole que por razones particulares tenía que permanecer oculto durante algún tiempo. El grabador creyó que mi ocultación sería obligada por mis deudas. Dejé que lo creyera y acepté el trabajo que se apresuró a ofrecerme. El beneficio era muy reducido, pero momentáneamente bastaba para cubrir nuestras necesidades. Marian y yo reunirnos todo el dinero que poseíamos, obteniendo una suma de cuatrocientas libras, las cuales ingresé en un Banco dispuesto a no tocarlas de no ser que los gastos de nuestras pesquisas lo requiriesen.
Por lo que respecta a los trabajos caseros, Marian se opuso terminantemente a que figurara en la casa ninguna persona desconocida. Con esa maravillosa y admirable energía que había poseído siempre, remangóse las mangas del humilde traje que vestía y dominando su debilidad dió comienzo al trabajo. A mi regreso, por la noche, estaba todo en orden y limpio. Marian, con una deliciosa sonrisa, que recordaba su antiguo buen humor, me dijo:
-Desde luego, se me puede confiar en el trabajo la parte que me corresponda - y bajando la voz añadio-: En los peligros también. Recuérdelo.
Lo hice a sí cuando llegó el momento.
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