La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.245
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Antes de que éste cerrara las puertas de su casa a su hermana, estaba dispuesta a colocar a tío y sobrina frente a frente, y con esta intención llevó a Laura de la mano al cuarto del maniático.
La escena fué muy breve, y es demasiado penosa para ser descrita. Limitémonos a decir tan sólo que el señor Fairlie no reconoció en Laura a la muchacha nacida y criada en aquella casa. Ni por un momento dudó de que su sobrina yacía en la sepultura de mármol, y concluyó diciendo que recabaría el apoyo de la ley si antes de la noche aquella mujer no había salido de su casa.
Hemos de hacer justicia al señor Fairlie diciendo que si una sombra de duda hubiera empañado su imaginación, no hubiese obrado de este modo.
Marian apeló a los criados, pero tampoco éstos creían en su identidad. Bien es verdad que Laura se parece mucho más en este momento a la pobre loca que la bella heredera de Limmeridge. Esto era bastante razón para que la desconocieran todos y no precisaran sí aquella mujer era la loca o la señorita Laura, y todos, sabiendo que ambas se parecían tanto, inclinábanse mucho más a lo primero. Sacó la conclusión desconsoladora de que la persona que había usurpado el puesto de su hermana entre los vivos, era, a causa del extraordinario cambio físico y moral producido por tantas amarguras y sobresaltos, el motivo de que no se conocieran Laura ni siquiera en la casa donde nació.
De haber tenido más tiempo, hubiesen esperado al regreso de Faniry, cosa que en aquel momento no era posible. La fiel muchacha, que había estado más tiempo en contacto con Lady Glyde, la hubiera reconocido, sin duda, pero no había tiempo que perder. Las pesquisas, al resultar inútiles en Hampshire, se dirigirían, sobre Cumberland, y dado el humor del señor Fairlie, no era de extrañar su reacción y actitud. La precaución más elemental para salvar a su hermana obligaba a Marian a abandonar la batalla sin pretender obtener justicia, y refugiarse en Londres con Lady Glyde.
La tarde de aquel día memorable exigió un esfuerzo a su doliente hermana. Las dos, aprovechando un momento de descuido, volvieron la espalda y huyeron para siempre de la noble mansión de Limmeridge, que hasta no hacia mucho tiempo había sido su casa.
Pasaban entonces ante los muros del cementerio, y Laura tuvo empeño en despedirse de la sepultura de su madre, y al reunirles Dios a los tres ante ella, selló para siempre el porvenir de aquellas tres vidas desgraciadas.
III
Todo esto, por lo que respecta al pasado. A pesar de que no conocía la mayor parte de los pormenores de lo ocurrido, me di cuenta de que toda aquella conspiración tenía por objeto, aprovechar el parecido fatal de Laura y la mujer de blanco.
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