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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.243

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El conde Fosco le contestó que se halaba todavía en Londres, ya que no le había parecido prudente dejarla marchar sin que descansara unos días. Le preguntó Laura si habitaba en su casa, pero no recuerda exactamente la contestación; si que le dijo que irían en aquel momento a verla. El coche pasó por muchas calles, pero por ningún parte se vieron jardines ni lugares en que hubieran árboles.
El coche se paro ante una casa, y allí descendieron de él. Subieron las escaleras y tampoco puede recordar si se detuvieron en el primer piso o en el segundo. Subieron el equipaje y recuerda que todos fueron recibidos por un hombre con barba que parecía extranjero. A las preguntas dirigidas con respecto a su hermana, el hombre respondió que la vería enseguida, y el conde y él salieron casi enseguida, dejándola sola en aquella pequeña sala, pobremente amueblada y cuya ventana daba a un solitario patio.
No estuvo mucho tiempo sola. Al poco rato entró el conde acompañado de un caballero muy distinguido, que le presentó como amigo suyo, y luego se marchó, dejándola sola con él. El caballero, atenta y correctamente, comenzó a hacerle extrañas preguntas relacionadas con su salud, que, desde luego, ella no acertó a contestar. Momentos después, el caballero se levantó, le hizo un cortés saludo y se retiró. Poco después volvió a entrar el conde, acompañado de otro individuo, y la escena anterior se repitió en todos sus pormenores. Todo ello a consecuencia del delicado estado de su salud y la angustia que le producía la dilación de Marian, le causó una alteración nerviosa imposible de dominar. Cuando de nuevo entró el conde en la sala, estaba Laura muy excitada. Dirigiéndose a él, le preguntó ya con cierta violencia que cuándo verían a su hermana, y qué tenían que esperar para hacerlo.
Durante unos momento el conde vaciló, y dijo por último que por desgracia, no podía ocultar por más tiempo el estado de salud de la señorita Halcombe, pues éste no era todo lo satisfactorio que se esperaba. El tono y la forma con que pronunció estas palabras trastornaron un poco a Lady Glyde. La noticia, recibida en el estado de ánimo en que se encontraba, la afectó de tal modo, que perdió el conocimiento. El conde ordenó traer un vaso de agua y un pomo de sales. Bebió maquinalmente Laura algunos sorbos, y pudo comprobar que el agua tenia un sabor extraño, que, en lugar de calmarla hizo necesaria la inmediata aplicación de las sales. Pero cuando se llevó el pomo a la nariz, perdió el conocimiento de nuevo.
A partir de este momento, sus recuerdos son imprecisos y parecen improvistos de verdad.


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