La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.237
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Luego continuaron avanzando. Las dos llevaban el rostro cubierto por un velo. En una de ellas, al levantárselo, reconocí al punto el simpático semblante de Marian Halcombe. ¡Pero qué cambiada estaba! Parecía haber envejecido diez años. Estaba tan demacrada que se acentuaban todavía más sus pronunciados rasgos. Sus ojos tenían una expresión extraña. Me acerqué para saludarla, pero ella continuó inmóvil. Sin embargo, su compañera continuó acercándose a mí lentamente. De pronto habló Marian. Su voz no había cambiado; era la misma de siempre. Cayó de rodillas murmurando estas palabras:
-¡Dios mío, protégenos a todos¡ -y en voz más baja continuó-: ¡Mi visión, mi visión¡
La otra mujer continuó avanzando. Como un sonámbulo, veía que se acercaba a mí y dudaba si estaba loco o no. No nos separaba ya más que la tumba. Sobre la piedra que decía:
«Consagrada a la memoria de Laura...», se levantó el velo. Con sus inolvidables ojos azules fijos en mí, me miraba Laura.
CONTINÚA LA HISTORIA RELATADA POR WALTER HARTRIGHT
I
Al cabo de una semana transcurrida después de haber escrito la última página, abro un nuevo período entre el bullicio y estruendo de una calle de Londres. Es populosa, y el barrio pobre. He alquilado con nombre supuesto una modesta casa de dos pisos, cada uno con tres habitaciones. El piso bajo lo ocupa un modesto vendedor de periódicos. Yo ocupo el segundo, y el primero dos mujeres que pasan por hermanas mías. Momentáneamente me gano el pan dibujando y haciendo xilografías para la Prensa. Mis hermanas, al parecer, me ayudan con sus labores. El domicilio, los falsos nombres y las pretendidas ocupaciones no son más que otros tantos medios para ocultarnos en el inmenso caos de Londres. Hemos de escondernos, porque, a juicio de los demás, Marian y yo no somos más que cómplices de una loca llamada Ana Catherick, que pretende usurpar la personalidad y el puesto que corresponde a la difunta Lady Glyde. Así es como aparecemos en la tercera época de esta narración.
Ante los ojos de la razón y de la ley, para parientes y amigos, y de acuerdo con todas las formalidades que exige la sociedad civilizada, Lady Glyde yace al lado de su madre en el cementerio de Limmeridge. Ha sido borrada de la lista de los vivos. Esta mujer, negada para todos por unos y desconocida por otros, vive sólo para su hermana y para mí, para ese pobre maestro de pintura que sólo, desconocido también, sin recursos ni amigos, se propone reñir una tremenda batalla contra el mundo entero para devolverle su puesto en la sociedad. Tal vez crea alguien que su prodigioso parecido con Ana Catherick pudo también confundirme a mí al verla de una manera inesperada, pero no ocurrió esto.
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