La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.236
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Mi madre estaba enterada de la causa de mi eterno dolor y sabía el triste fin por que había pasado mis esperanzas. No sintiéndome capaz de soportar por más rato la impaciencias, le pregunté:
-¿Tiene algo que decirme?
Silenciosamente, se levanto mi hermana y salió de la habitación. Mi madre acercóse a mí, me abrazo con ternura y me dijo con los ojos empañados por el llanto:
-Walter, querido hijo mío, se me destroza el corazón al pensare en lo que vas a sufrir. Has perdido a una persona querida entrañablemente por ti, y, sin embargo, yo vivo todavía.
Anonadado, deje caer mi cabeza sobre sus hombros. Todo lo había perdido.
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Era el 16 de octubre. La tercera mañana después de mi llegada. Durante ellos dos días de mi permanencia en Inglaterra, viví en la casa de campo, intentando que mi amargura no envenenara la alegría de mi madre, pero todo era inútil. Mis calenturientos ojos no se refrescaron, con las lágrimas, y mi profundo dolor no podía aliviarse con el cariño de aquellos dos seres tan queridos. Aquel día no pude mas y les dije:
-Les ruego que me dejen visitar los lugares donde la vi por primera vez. Necesito rezar ante su tumba, para que me dé valor para vivir y soportar mi desgracia.
Así, partí para Cumberland. Marché directamente desde la estación hasta el cementerio. Me parecía imposible que después de aquella catástrofe continuara imposible la naturaleza. No podía comprender que el aire continuara siendo tan suave como cuando ella lo respiraba, y que los paisajes fuesen tan bellos como cuando ella los admiraba con aquellos ojos queridos.
Al rodear el camino, descubrí la iglesia gris y el pórtico donde estuve escondido un atardecer. Allí hallábase la cruz blanca que guardaba bajo su pie a la madre y a la hija. Rápidamente me acerqué a ella y por primera vez desde mi llegada se llenaron mis ojos de lágrimas. No pude leer más que estas palabras: «Consagrada a la memoria de Laura...» Y, sin embargo, yo no veía aquellas líneas. Veía tan sólo aquella bellísima cabeza rubia que tanto amaba, pronunciando las palabras de despedida y rogándome que la abandonara.
Me arrodillé ante la lápida y apoyé mi cabeza en la cruz. ¡Oh, mi querida Laura! ¡Me ha acompañado tu recuerdo al otro lado del mundo, y me acompañará en éste hasta que Dios nos reúna en otro mundo mejor. ¡Oh, Laura, Laura mía!
Embargado por mi amargura, no me di cuenta de cómo avanzaba el tiempo. La tarde había declinado y avanzaban en el cielo las sombras de la noche. Tampoco me di cuenta que dos mujeres entraban en el cementerio y se detenían al verme.
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