La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.235
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He cumplido todos los deberes inherentes a mi cargo y he presenciado el acto de colocar a la finada en la caja y el cierre de ésta, antes de ser trasladada al cementerio a mi misión, y no antes, me ha sido entregado lo que me correspondía y me he retirado. Si alguien requiere mis referencias, puede pedirlas al doctor Goodricke, que me conoce desde hace años y garantizará la veracidad de lo que suscribo.
Jane Gould (firmado)
EPITAFIO DE LA LAPIDA
«Consagrada a la memoria de Laura, Lady Glyde, esposa de Sir Percival Glyde, barón de Blackwater, en Hampshire, hija del difunto Philip Fairlie, Esquire de Limmeridge House, en esta parroquia. Nacida el veintisiete de marzo de mil ochocientos veintinueve; casada el veintidós de diciembre de mil ochocientos cuarenta y nueve; fallecida el veinticinco de junio de mil ochocientos cincuenta. R. I. P.»
CONTINUA LA HISTORIA WALTER HARTRIGHT
En los comienzos del verano de 1850, los pocos compañeros míos que habían sobrevivido a la expedición, y yo, abandonamos las selvas de América Central y regresamos a nuestro país. Embarcamos para Inglaterra, pero en las costas mejicanas naufragó nuestro buque. Logré salvarme entre los pocos que se escaparon de la voracidad de las olas. Esta era la tercera vez que me evadía de una muerte casi segura, y que bajo distintas formas se había presentado ante mí: epidemias, salvajes y naufragio.
Logré, por fin, desembarcar en Liverpool, y aquella misma noche llegué a Londres. Este relato no está destinado a recordar mis fatigas y riesgos de explorador. He de decir tan sólo que aquella dura y bárbara vida había fortalecido y templado mis nervios, y que a mi regreso a Europa mi salud era magnifica y mi voluntad se había fortalecido tanto como para contemplar cara a cara mis penas y sufrirías como debe hacerlo un hombre. No quiere decir esto que el único amor de mi vida se hubiera borrado de mi imaginación, ni siquiera empalidecido. No es eso. Continua Laura en mis pensamientos cuando me marché de Inglaterra, ora volvía con ellos a mi patria. No tengo por qué añadir más palabras a lo qué ya ha pasado. Continuaré esta historia si tengo valor y fuerzas para ello.
Al llegar a Londres, mis primeros deseos fueron los de abrazar a mi madre y hermana. Les envié dos líneas dándoles cuenta de mi llegada, y me dirigí por la mañana a mi pequeña casa de Hampstead. Después de las expansiones de los primeros momentos, vi en los ojos de mi madre algo que me encogió el corazón, a pesar de la gran alegría que experimentaba al verme. Vi en ellos una tristeza infinita, y me dolió gravemente verla en aquellos ojos que tanto me querían.
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