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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.233

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Dijo algunas cosas más que yo no pude entender, pero sí que temía mucho que no se pudiera hacer nada.
La señora recibió estas declaraciones tranquilamente, porque tenía el corazón muy duro y no le conmovía nada, pero el señor aturdió la casa a gritos.
-¡Pobre Lady Glyde, pobre Lady Glyde!
El amo no era mala persona. Sin embargo, yo creo que estaba un poco ido, pues siempre le rodeaban animalitos a los que hablaba como si fueran niños.
Unas cuantas horas después, la enferma pareció mejorar un poco. Yo entré un momento, para preguntar si podía ser útil en algo, y la vi acostada. Si hubiese estado buena, sería sin duda una mujer muy guapa. Poseía un magnífico pelo rubio y ojos azules. Hablaba constantemente, pero no parecía dirigirse a ninguno de los que estaban allí.
Cuando por la mañana entré, ya no se sabía si estaba dormida o desmayada. El doctor llegó acompañado de su socio, el doctor Garth, con objeto de celebrar consulta. Le preguntaron a la señora una serie de cosas y movieron los dos la cabeza tristemente.
Luego, cuando se despertó Lady Glyde, pareció encontrarse mejor. Nos rogaron que no entráramos, para que no la molestásemos. A causa del alivio, el señor parecía de excelente humor.
-Señora cocinera -me dijo amablemente-, tiene usted que hacernos un gran pastel, para celebrar la mejoría de Lady Glyde. Yo me voy a dar una vuelta.
Poco después de haberse marchado el señor, volvió el médico. Por la cara que puso al examinar a la enferma, no pareció sentirse muy contento de su estado. Lo único que le oí decir es que volvería a las cinco. Momentos antes de esta hora, sonó con violencia la campanilla. La señora salió a decirnos desde la escalera que corriésemos a llamar al doctor, porque Lady Glyde había tenido un desmayo.
Dió la casualidad que, cuando salía, llegaba él, y le acompañó hasta el piso superior. Oí que la señora le decía que su sobrina, después de una pequeña convulsión, había dado un suspiró y se había desmayado.
El doctor se acercó al lecho, puso la mano en el corazón de la señora y al apartarse de ella dijo:
-Está muerta. Lo esperaba desde que la vi.
Mi ama se echó a temblar, murmurando:
-¡Muerta! ¡Dios mío¡ ¡Tan repentinamente! ¡Qué dirá el conde cuando lo sepa!
El doctor aconsejó a la señora que se retirara un momento a descansar, pues el haber pasado la noche en vela la había dejado muy fatigada. Ella contestó:
-He de preparar al conde para este golpe.
Y se retiró a sus habitaciones.


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