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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.232

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(Extraída de sus propias declaraciones)
Lamento de veras que no sepa leer ni escribir. Durante toda mi vida no he dejado de trabajar, y jamás he tenido tiempo de ir a la escuela. Por esta razón, ruego al señor que escribe todo esto que no haga caso de mi lenguaje y diga las cosa tal como deben decirse.
Sucedió este verano que, por medio de un anuncio, entré a prestar mis servicios en casa de los condes cuya apellido era Fosco. No tenían más servidumbre que una camarera, un poco sucia, pero buena persona, y yo. Pocos días después de estar a su servicio, nos ordenaron a las dos que preparáramos la casa, porque esperaban la próxima visita de una pariente. Me advirtió la señora que Lady Glyde -este era el nombre de la señora que esperaban- estaba muy enferma y, por lo tanto, tendría que esmerarme un poco en la cocina. La señora debió de llegar aquel día, pero es imposible que pueda acordarme cuál fué, ya que para mi todos los días, no siendo los domingos me son iguales. Ya antes he dicho que durante toda mi vida he trabajado y que no pude nunca ir a la escuela. Lo único que sé es que la sobrina llegó y que su llegada nos la hizo pasar buenas. Fué a buscarla el amo. La doncella les abrió la puerta y entraron en el salón. En cuanto la doncella llegó a la cocina, oímos que la campanilla repiquetaba violentamente y la voz de la señora recién llegada que pedía socorro. Las dos corrimos, y al llegar al salón vimos a Lady Glyde, pálida como él mármol, con la cata torcida y presa de espantosos estremecimientos. Dijo el señor que eran convulsiones, y yo eché a correr en busca de un médico. El doctor más cercano que pude encontrar estaba en el consultorio de los doctores Goodrick y Garth, que trabajaban en sociedad y tenían buena reputación y clientela, según oyera decir, en todo Saint John´s Wood. Allí estaba el doctor Goodrick y lo llevé conmigo.
La pobre señora salía de un accidente para meterse en otro más fuerte. El médico corrió en seguida al consultorio en busca de medicinas, y se trajo también un aparato en forma de corneta. Acostaron a la enferma, que quedóse rendida y sin conocimiento, y el doctor le colocó la trompeta al lado del corazón y escuchó por la otra punta.
Así estuvo un rato, y cuando terminó de escuchar se volvió para decir a la señora condesa:
-Es muy grave. Escriban ustedes a la familia inmediatamente.
-¿Es enfermedad del corazón? -preguntó la señora.
-Sí -repuso el médico- y de las más peligrosas.


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