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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.231

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Quedamos en que vendría entre las nueve y las diez, y todavía hoy doy gracias a Dios por haberme inspirado tomando aquella precaución necesaria. Alrededor de la hora que dijo, llegó el buen hombre, y se disponía a acostarse cuando oímos un tremendo ruido en el comedor. El jardinero llegóse a él y vió a Sir Percival que sufría una especie de alucinación. Sus maneras, desde hacía dos días, eran ya muy alarmantes, pero en aquella ocasión, no sabemos si por efecto del alcohol maldecía y bramaba como un toro, la emprendía con los muebles, derribándolos como si estuviera loco, temblando de miedo, y con el temor, además, dé que el estrépito molestara a la señorita Halcombe, me encerré en mi habitación.
Cuando volvió el jardinero casi una hora después de haberse marchado, me contó que con gran trabajo y exposición por su parte había conseguido que Sir Percival se recobrara un poco, y que había añadido que no quería continuar ni un minuto más en aquel maldito castillo lleno de fantasmas de todas clases. Dijo que quería partir inmediatamente, y que enganchara el único caballo que tenía. El jardinero, temeroso de que si no le obedecía o le contrariaba se le reprodujera el ataque, obedeció. Preparó el carruaje y en cuanto estuvo dispuesto, Sir Percival, que no había cesado un momento de jurar y maldecir, saltó al coche, fustigó al caballo y en cuanto se abrió la verja salió al galope tendido. No tardó en perderse en las sombras de la noche.
No recuerdo quién trajo al día siguiente el coche, diciendo que Sir Percival había marchado en el tren con rumbo desconocido. Desde que salió, como un hombre que huye, del castillo de sus antepasados, no he vuelto a saber de él.
Poco tengo que añadir a esta triste historia. Según supe más tarde, el estado de semiinconsciencia y debilidad de la señorita Halcombe hizo que no se enterara de su traslado a las abandonadas habitaciones del castillo. La enfermera la había tratado siempre con celo y atención. Lo único que puede reprochársela a la señora Rubelle es haber secundado un engaño tan vil como el que ambas hermanas padecieron.
No quiero extenderme en pormenores con respecto al efecto que produjo en la señorita Halcombe la noticia de la partida de Lady Glyde, ni aun de otros hechos lamentables de los que tuvimos noticias. Creo que he cumplido siempre, con mi deber. Las dos abandonamos aquel castillo siniestro. Yo me dirigí a Ystington, a casa de una parienta mía, y la señorita Halcombe a su casa de Limmeridge, en Cumberland.
SE CONTINÚA LA HISTORIA SEGÚN DIVERSOS RELATOS Y TESTIMONIOS
Narración de Hester Pinhorn, cocinera al servicio de la casa de los condes Fosco.


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