La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.230
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Sir Percival estuvo conforme con ambas proposiciones, y quedamos en que, como él tenía necesidad de marcharse también, cuando yo quisiera hacerlo me entendería con el notario de la familia, quien me abonaría las cantidades a que hubiera lugar. Todo esto se discutió con pocas palabras. Sin embargo, pude observar la intranquilidad de Sir Percival, cosa que llamó de nuevo mi atención. Sus maneras eran bruscas e inseguras, y sus ojos tenían una expresión inexplicable, mirando a todas partes sin mirar a nadie ni a nada. Sin haber terminado la conversación, dió media vuelta y me dejó con la palabra en la boca.
Durante, todo este tiempo, la señora Rubelle había continuado sentada tranquilamente en un escalón, arreglando su ramillete de flores. Al ver que me acercaba, se levantó y me llevó a la parte central y deshabitada del castillo. Llevaba en el bolsillo una llave y la sacó para abrir una puerta. Abrió la tercera de la antigua galería. Antes de que se retirase, le pregunté cuándo se marchaba.
-Como quiera que he de estar yo en Londres esta noche, y se encarga, usted de la señorita, me iré dentro de media hora, Sir Percival ha autorizado al jardinero para que me acompañe a la estación.
Me hizo una pequeña inclinación de cabeza, y cantando una canción en su idioma se marchó. He de confesar que me ha producido un extraordinario placer no volvería a ver más en mi vida.
Al entrar en la alcoba, la señorita Halcombe dormía. Me di cuenta por su aspecto de que la mejoría continuaba. Por pequeños pormenores de su habitación observé que su servicio no se había descuidado. La alcoba estaba, sin embargo, un poco polvorienta y desmantelada. La cama era limpia y cómoda y el aire se renovaba por la entreabierta ventana. No hay que negar que de aquella triste habitación se había sacado el mejor partido posible. Lo único cruel que había en todo elle, era la separación de estas dos excelentes señoras, tan dignas y tan buenas. No quise turbar el sueño de la señorita, y bajé para dar instrucciones al jardinero, con objeto de que un vez hubiera dejado a la señora Rubelle en la estación, pasara por casa del doctor y le avisara para que viniese al castillo. Yo estaba segura de que vendría en cuanto supiera que el conde no se hallaba en casa.
A su regreso me dijo el jardinero que el doctor no estaba bien; que se encontraba un poco indispuesto, pero que haría todo lo posible por venir al día siguiente. Dado el recado, disponíase el jardinero a marcharse a su casita del parque, pero le detuvo rogándole que por una noche me hiciera el favor de dormir en una habitación cercana, pues me daba un miedo horrible aquellas inmensas habitaciones abandonadas del solitario castillo.
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