La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.229
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-Sir Percival -le dije-, le ruego qué me autorice a decirle a solas unas palabras-. Y una vez hecho esto, seguiré a la enfermera a las nuevas habitaciones de la señorita Halcombe.
-¿Qué es lo que usted tiene que decir?
-Que deseo dejar de prestar mis servicios en el castillo de Blackwater, Sir Percival.
-¿Por qué? -preguntó él enojado.
-No es a mi a quien corresponde expresar una opinión sobre los hechos aquí ocurridos. Me limitaré tan sólo a decir que considero incompatible con mi deber hacia mi señora continuar en esta casa un solo momento.
-Y su deber para conmigo, ¿le importa a usted algo? Ya me doy cuenta de lo que ocurre. Con su mezquino criterio juzga usted el engaño a que nos ha obligado nuestro interés por la salud de la señora. Usted misma recordará que el doctor aconsejó un rápido cambio de aires. Lady Glyde no hubiera consentido nunca en marcharse si hubiera creído que su hermana continuaba en el castillo. Eso es todo. Después de esta explicación que no tengo por qué darle, quédese o váyase. Haga lo que quiera, pero recuerde siempre que en el caso de que no tenga cuidado con lo que habla, tengo el brazo muy largo.
Dijo todo esto casi sin respirar, paseándose nerviosamente y golpeando el aire con su bastón. Nada de cuando Sir Percival hubiera dicho para justificar su actitud hubiese cambiado mis opiniones sobre las numerosas falsedades ocurridas el día anterior ante mi presencia, falsedades que habían dado como resultado el separar a aquellos dos seres que tanto se querían, enviando a Londres a mi pobre ama, enloquecida por la ansiedad de saber lo que le había ocurrido a la señorita Halcombe. No quise exasperarle más y le contesté:
-Conozco perfectamente mi posición y mis deberes para no comentar la conducta de mis amos. Puede usted creer, señor...
-¿Cuándo quiere usted marcharse? -me preguntó con su acostumbrada brutalidad.
-En cuanto a usted le interese -dije.
-Nada tiene que ver con esto mi conveniencia. Consulte usted con la señora Rubelle. Por particulares razones, esta señora ha de marchar a Londres esta noche. Como yo también me veo obligado a pasar el día fuera, la señorita Halcombe se verá obligada a quedarse sola en el castillo, sin que haya una persona siquiera para ofrecerle un vaso de agua.
No creo necesario decir que no me sentí capaz de abandonar a la señorita Halcombe en una situación semejante. Le dije a Sir Percival que estaba dispuesta a continuar a su servicio mediante dos condiciones: que se fuera la enfermera y que se autorizara a llamar al doctor Dawson para que continuara asistiendo a la señorita.
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