La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.228
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Adiós y que Dios la bendiga por el afecto que me ha demostrado.
-Tenga usted buen viaje, querida señora -dije, a punto de llorar, pero conteniendo mis lágrimas para no entristecerla-. Hasta pronto, señora. Permita Dios que la vea a usted feliz y contenta.
Movió tristemente la cabeza. La campana de la estación sonó y a continuación el silbido del tren. Segundos más tarde echaba a andar el ferrocarril y poco después perdía de vista su pálido y bello semblante.
A las cinco, aquella misma tarde, hallábame en mi habitación descansando del trabajo de la casa, que pesaba ahora todo sobre mí, y me puse a leer un libro de sermones, el favorito entre todos los que poseía. Aquellas piadosas y consoladoras palabras por primera vez en mi vida, no lograron fijar, mi atención. Me preocupaban demasiado los recientes acontecimientos.
Abandoné el volumen decidí dar una vuelta por el parque, intentando calmar mi inquietud de este modo.
Al dar la vuelta a la casa y llegar al jardín, vi con gran sorpresa mía a una mujer cogiendo flores. Mi sorpresa fué considerable cuando reconocí en ella a la señora Rubelle.
-¿Cómo? -dije casi sin aliento-. ¿Está usted aquí? ¿No ha ido a Londres ni a Limmeridge?
-No -contestó la extranjera tranquilamente, aspirando el aroma unas flores que acababa de coger-. No me he movido del castillo.
-¿Y la señorita Halcombe? -pregunté haciendo otro esfuerzo.
-Tampoco sé ha movido del castillo.
Esta noticia tan inesperada hizo que todos mis pensamientos volaran hacia la pobre señora, y hubiera dado la mitad de la vida que me quedaba por haber sabido todo esto cuatro horas antes. Aquella mujer arreglaba tranquilamente su ramillete de flores, como, si en la vida no tuviera otra preocupación.
Apareció entonces Sir Percival, que caminaba rompiendo el tallo de las flores que se ponían al alcance de su bastón. Al verme, se echó a reír con una carcajada violenta y forzada.
-Vaya, señora Michelson, ya lo ha descubierto usted todo. ¿Verdad que no puede creerlo? Venga y se convencerá. -Señaló el centro del edificio y continuó luego: -¿Ve usted los cuartos que llamamos de la reina Isabel? En el mejor de todos está, sana y salva, la señorita Halcombe. Señora Rubelle, haga el favor de acompañarla, para que se convenza de que no hay ningún engaño esta vez.
El tiempo que emplearon sus palabras en ser pronunciadas sirvió para tranquilizarme. Si yo hubiera estado sirviendo toda mi vida, no sé lo que en aquel momento hubiera hecho. Pero, aunque soy pobre, mis sentimientos son siempre los de una señora, por esta razón decidí inmediatamente dejar los servicios de Sir Percival, de aquel hombre sin corazón.
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