La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.227
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Esto fué para mí una alegría, porque aquel edificio tan grande y tan vacío me daba un miedo terrible. Hasta muy tarde estuvo la señora vaciando cajones y rompiendo cartas, como si tuviera intensión de no volver nunca más al castillo. Cuando por último se acostó, su sueño fué muy agitado y la oí llorar más de una vez.
El día amaneció hermoso y propio de la agradable estación en que vivíamos. Después del almuerzo se presentó Sir Percival y dijo que un coche nos recogería a las doce, pues el tren no pasaba hasta media hora después por la estación. Dijo, además, que se veía obligado a salir, pero que volvería a tiempo, y añadió que si algún obstáculo se lo impedía que acompañara yo a la señora y procuráramos no perder el tren.
Dijo esto desarticuladamente, paseándose nervioso por la habitación y sin mirar a la cara a su esposa. Cuando concluyó, se dirigió a la puerta. La señora le detuvo, se acercó a él y le ofreció la mano con estas palabras:
-Sé que usted no vendrá a tiempo, y creo que esta es la despedida. Ninguno de los dos sabemos si será eterna. Perdóneme, Percival, como yo le perdono.
Sir Percival la miró aterrorizado, y su frente se llenó de gruesas gotas de sudor. Una intensa palidez invadió su semblante. De forma casi ininteligible dijo que llegaría a tiempo, y salió con una precipitación poco correcta.
A la hora que se había anunciado, el coche apareció ante la verja, pero no Sir Percival. Aunque yo no tenía, responsabilidad alguna en todo aquello, me sentí molesta, y le pregunté a la señora:
-Señora, va usted a Londres por propia voluntad, ¿no es cierto?
-Iría a cualquier parte, con tal de terminar de una vez con esta terrible pesadilla.
Durante el trayecto le pregunté si tendría la bondad de escribirme en cuanto llegara unas líneas comunicándome la forma en que había llegado. Me lo prometió bondadosamente. Dos minutos antes de que pasara el tren, llegamos a la estación. El cochero se ocupó del equipaje y yo del billete. Cuando le entregué éste a la señora en el andén, me cogió por el brazo y me dijo:
-Me gustaría que me acompañara usted.
Si me lo hubiera dicho con antelación me habría preparado, aunque para ello hubiese tenido que dejar a Sir Percival. Ahora ya era tarde, y la señora lo comprendió así. No insistió más. Como ya llegaba el tren, me dió la mano con aquella actitud suya siempre distinguida y franca, y me dijo:
-Señora Michelson, usted ha sido siempre muy buena para mí, en la ocasión en que más sola me he visto.
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