La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.226
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-¡Marian en casa del conde! -exclamó la señora con la mirada extraviada.
-Sí. No tiene nada de particular. Esa noche habrá descansado allí, y mañana descansará usted también. No ponga impedimentos a lo que me propongo. No haga que me arrepienta de dejarla marchar.
Y sin pronunciar una sola palabra, dió una patada a una silla y salió a la terraza.
-Discúlpeme si le aconsejo que no esperemos aquí el regresó del señor. Tal vez haya abusado un poco del vino.
Obedeció mi consejo y salimos del comedor.
Una vez en su habitación, logré tranquilizarla, y le hice comprender las ventajas de un proyecto que su propio tío había aprobado. Pero la pobre señora no podía vencer el horror que le ocasionaba la sola idea de dormir una noche en la casa del conde. A mí me parecía injustificada esta repugnancia, y se lo dije respetuosamente.
-Perdóneme, señora -dije-. El señor conde ha demostrado una gran bondad y un extraordinario interés durante la enfermedad de la señorita. Creo que esto merece su confianza, incluso sus disputas con el doctor eran a causa del interés que sentía por la señorita.
-¿De qué disputas me habla? -preguntó vivamente.
Le conté entonces todo lo ocurrido durante aquellos dramáticos días. Lady Glyde, al oírme, se alarmó aun más.
-Esto es peor de lo que yo me figuraba. Las disputas han tenido solamente el pretexto de alejar al doctor. El nunca hubiera permitido que mí hermana saliese de viaje en este estado.
-Pero, señora, por favor...
-Le ruego que me escuche, señora Michelson -me dijo la señora febrilmente-. No me convencerá nadie de que esté Marian voluntariamente en poder de ese hombre. Me inspira tanto horror que ni las palabras de mí marido, ni las cartas de mi tío me convencerían para que fuera a ponerme en sus manos. Pero la ansiedad que siento por mi hermana es tan grande que me da valor y fuerzas para todo, incluso para ir a casa del conde.
-Pero la señorita Marian estará ya en Limmeridge...
-Allá veremos. Si por fortuna hubiese marchado, tampoco estaré yo allí. Cerca de Londres vive la buena señora Vese. Le escribiré diciéndole que iré a dormir a su casa. Le ruego, señora Michelson, que se asegure de que esta carta salga esta noche para su destino. Tal vez sea él último favor que le pido a usted.
Se lo prometí, aunque todo aquello me parecía muy extraño, y como cumplo lo que prometo, al anochecer yo misma dejé la carta en el buzón del pueblo.
En toda la tarde vimos a Sir Percival. Por particular deseo de la señora, dormí en la habitación próxima a la suya.
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