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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.225

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Página 225 de 296


-Si supone usted que hay en todo esto un misterio, se equivoca. No tengo nada que ocultar ni tapar a nadie y diciendo estas palabras casi a gritos, se sirvió otro vaso.
-Si mi hermana está en condiciones de viajar, también lo estoy yo - contestó la señora con firmeza y le ruego que comprenda la ansiedad que me produce la situación de mi hermana, y me permita marcharme esta misma noche a reunirme con ella.
-Tendrá usted que aguardar a mañana -contestó Sir Percival-, y en caso que no haya inconveniente, que supongo que no lo habrá, podrá usted marcharse. Hoy mismo escribiré al conde:
Hablaba contemplando el vino que tenía en el vaso. No miraba a su esposa, cometiendo así una falta de educación que no puede perdonarse en ningún caballero.
-¿Para qué ha de escribir usted al conde? -preguntó Lady Glyde, sorprendida.
-Para que vaya a esperarla a la estación y pase usted la noche en su casa, en compañía de su tía.
No sé por qué, la mano de la señora comenzó a temblar debajo de mi brazo.
-No tengo necesidad ninguna de detenerme en Londres -dijo.
-Es necesario. Usted no puede hacer el camino de Cumberland directamente. Debe usted descansar una noche en Londres, y, por otra parte, no quiero que vaya sola a un hotel. El conde ha hecho la proposición a su tío, y si quiere puede usted enterarse de lo que me escribe. Con tanto ruido, se me olvidó entregarle a usted la carta esta mañana. Vea lo que dice el señor Fairlie.
La señora cogió la carta y me la entregó.
-Léala, señora Michelson -me dijo con voz apagada. No sé qué me pasa, pero yo no podría hacerlo.
Eran cuatro líneas solamente y decía esto:
«Querida Laura: ven cuando gustes. Descansa un par de días en casa de tu tía. Me entristece la enfermedad de Marian. Le deseo alivio. Te abraza tu tío...»
-No quiero ir a Londres -interrumpió la señora sin dejar que terminara- , no quiero de ningún modo. Por favor, no escriba usted. Se lo ruego, no escriba.
-¿Y por qué? -gritó Sir Percival golpeando la mesa y sobresaltándonos-. ¿Dónde estará usted mejor que en casa de su tío? Pregúnteselo a la señora Michelson.
El proyecto de Sir Percival me parecía el menor y el más sensato, y así lo manifesté. Pero Lady Glyde insistía aún, y Sir Percival gritó entonces enfurecido:
-¡Basta! Si es usted una niña, otros tendrán por usted el juicio que le falta. No se trata mas que de que efectúe usted el viaje en las mismas condiciones que su hermana.


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