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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.224

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Allí solamente estaba la bruta de Margarita limpiando la alcoba. Lady Glyde antes de volver a encontrar al señor, me dijo al oído:
-¡Por amor de Dios, señora Michelson, no se marche usted, no se marche!
Y antes de que pudiera contestarle, Sir Percival ante nosotros. Entonces, l
señora le preguntó enérgicamente
-¿Qué significa todo esto, Sir Percival
-Nada más que su hermana ha tenido suficientes fuerzas para pode

aprovecharse de la compañía de los condes y marchar con ellos a Londres

de paso para Limmeridge
-¿Ha sido usted la última que ha visto a mi hermana? -me preguntó l
señora-. ¿Le perece a usted que estaba en disposición de viajar

-A mi entender, no señora
Rápidamente se volvió Sir Percival hacia mí
-Usted misma dijo a la enfermera que antes de marchas la señorit

Halcombe parecía mucho mejor y más fuerte
-En efecto -confesé
-Ya lo ha oído usted, señora -dijo Sir Percival-. Por otra parte, l

acompañan tres personas competentes: los condes y la señora Rubelle, que todavía sigue a su cuidado. Desde Londres, el conde y la enfermera la acompañarán a Limmeridge.
-Pero, ¿cómo me ha dejado aquí? -preguntó la señora.
-Porque su tío no quiere recibirlas a ustedes sin antes haber hablado co
su hermana. ¿Olvidó acaso usted su carta
-No, la recuerdo
-Entonces, no me explico tanta sorpresa

-Marian jamás se ha separado de mí sin despedirse antes -y la señora tenía los ojos llenos de lágrimas cuando habló.
-También lo hubiera hecho esta vez, pero en vista del estado de ustedes dos lo hemos impedido. ¿Tiene usted algo más que preguntar? Si es así, diríjame las preguntas en el comedor. Todas estas tonterías me secan la garganta y me hace falta un vaso de buen vino.
Y, sin decir más, nos dejó. Yo procuré convencer a Lady Glyde de la conveniencia de volver a sus habitaciones, pero ella parecía anonadada.
-A mi hermana le ha pasado algo -dijo.
-Señora -le contesté-, recuerde usted, la gran energía de la señorita Halcombe. Es capaz de hacer lo que otras no harían en su lugar ni en su estado, y si siquiera serían capaces de pensarlo.
-Quiero ir a donde está Marian, señora Michelson. Quiero verla. Vamos a ver a Sir Percival.
Desoyendo mis prudentes consejos, me cogió del brazo y me obligó a bajar con ella. Al abrir la puerta del comedor, Sir Percival tenía ante si un vaso y una botella. Sin vernos, apuró el contenido del vaso de un trago. Luego, al darse cuenta de nuestra presencia, me dirigió una mirada de enojo, en virtud de la cual me apresuré a disculpar mi presencia, pero me interrumpió diciendo:


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