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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.223

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Claro qué yo, en mi situación, no podía cambiarlas. El resultado de mis gestiones fué exactamente el que había previsto. Volví al castillo y di cuenta de ellas a Sir Percival. El señor me recibió a la puerta, y allí le comuniqué lo inútil de mi jornada. Me pareció muy preocupado, y no dió importancia alguna al desgraciado éxito de mi empresa. Me dijo únicamente que durante mi ausencia se había producido otro acontecimiento. Me comunicó que los condes se habían ido definitivamente a su hotelito de las afueras de Londres, pero no me explicó el motivo de la inesperada marcha. Le pregunté si la señora tenia a alguien a su servicio, y me repuso que a Margarita y que una mujer de la aldea realizaba el trabajo de la cocina.
Estas contestaciones me escandalizaron. No podía concebir que Margarita quedara como doncella y confidente de la señora. Fui a su cuarto y encontré a la doncella instalada en el saloncito, pues la señora no necesitaba de sus servicios, y esto, claro, es exactamente verdad. Le pregunté por la señorita Halcombe me contestó con una de sus respuestas, en virtud de lo cual no pude enterarme de nada.
Mi señora estaba mucho mejor, pero todavía muy débil. Podía ya levantarse sola y pasearse un poco por la habitación, pero se fatigaba mucho. Le preocupaba constantemente su hermana, de quien aquella mañana no había aún recibido noticias. Esto me pareció una tremenda negligencia por parte de la enfermera, pero no dije nada. La ayudé a vestirse, y cuando ya estuvo vestida, apoyándose en mi brazo, se dirigió a la habitación de la señorita. En el pasillo encontramos a Sir Percival, que parecía nos estaba esperando.
-¿Dónde va usted? -le preguntó a su esposa.
-A la habitación de mi hermana -le contestó.
-Le evitaré a usted esta molestia -le dijo diciéndole que ahora no la encontrará usted allí.
-¿Cómo?
-No. Se marchó ayer por la mañana acompañando a los condes.
Lady Glyde no tuvo fuerzas suficientes para soportar este golpe. Palideció terriblemente, se apoyó en la pared y miró a su marido con desorbitados ojos. Yo, estupefacta, sólo tuve fuerzas para decir:
-¡Y en el estado de debilidad en que se encuentra!
La señora se repuso un poco y exclamó entonces:
-¡No es posible! ¿Y el doctor Dawson? ¿Dónde estaba cuando se llevaron a Marian?
-No viene por aquí desde hace días, y eso demuestra que su hermana ya no lo necesita. No mire usted de ese modo. Si cree que la engaño, vea toda la casa.
Sin esperar a que lo repitiera, nos dirigimos a la habitación de la señorita.


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