La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.222
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Dos días después de haberse marchado los criados, el señor me volvió a llamar. Sobresaltada, obedecí y me presenté otra vez en la biblioteca. Esta vez hallábase presente el conde, y él fué quien comenzó a hablar, diciéndome que habían resuelto, de acuerdo con el dictamen del médico, que las dos enfermas pasaran la convalecencia y una temporada en Torquay; que, por otra parte, era indispensable que una persona de gusto y de competencia fuera primero allí a prepararlo todo; que era necesario, sobre todas las cosas, conocer las costumbres de las dos señoras, con objeto de alquilar una casa que reuniera las necesarias ventajas; nadie podía ser esa persona sino yo, y me rogaban por esta razón, en interés de las enfermas, que me trasladara inmediatamente a aquel lugar.
No hubiera sido posible hacerme nunca tina proposición tan desagradable. No obstante, hice algunas objeciones para abandonar el castillo, y la principal fué el dejar a las enfermas sin otros cuidados que los de la torpe Margarita. Los dos señores afirmaron que por unos días se valdrían como pudieran, y que no se separarían un solo momento de las enfermas. Estas palabras, y el convencimiento de que nadie desempeñaría tan acertadamente el cometido que me habían indicado, me hicieron responder que estaba dispuesta a cumplir inmediatamente las órdenes que se me dieran.
Se acordó que marcharía al día siguiente por la mañana. Que en dos días, a lo sumo, visitaría las casas que estuvieran por alquilar y que volvería inmediatamente hubiera encontrado alguna que conviniera. Sir Percival me dió una nota con las ventajas que había de reunir, y el precio máximo al que se podía llegar. Al leer esta nota y el precio que en ella se señalaba tuve la seguridad de no poder alquilar ninguna casa en ninguna estación termal de Inglaterra. Se lo comuniqué así, pero ellos insistieron y no se discutió más. Con la seguridad de las dificultades de mi cometido, me dispuse a marchar. Iba a llevar a cabo un imposible.
Antes de partir, quise cerciorarme de que la señorita Halcombe continuaba mejor. En su rostro vi pintada una expresión de ansiedad y angustia. Estaba demacrada y daba pena verla en ese estado. Sin embargo, su cabeza estaba ya despejada. Me dió carnosos saludos para su hermana, recomendándola que estuviera tranquila y no perdiera así lo que había ganado. Sosegada, la dejé al cuidado de la señora Rubell, tan silenciosa como siempre. Cuando llamé a la puerta de la habitación de la señora, me abrió su tía y me dijo que en aquel momento descansaba un poco. Por esta razón no pude despedirme de ella.
En todo lo que duró mi viaje no dejé de pensar en los extraños sucesos que habían ocurrido en el castillo, y estas circunstancias me parecieron sumamente extrañas, ya que no sospechosas.
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