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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.221

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El señor me llamó a la biblioteca. Me ordenó que me sentara y comenzó a hablarme:
-Voy a dar cuenta a usted de una decisión que he tomado hace tiempo y que hubiera puesto en práctica ya de no haber sido por las enfermedades por que hemos pasado. Razones de orden económico me obligan a levantar la casa. En cuanto el estado de salud de las Señoras lo permita, nos iremos de aquí. Los condes irán primero a un hotelito que han alquilado cerca de Londres, y yo inmediatamente venderé mis caballos. Usted se quedará a cargo del castillo, y despida a los criados de modo que mañana, a esta hora ya no se encuentren aquí.
Yo estaba asombrada. Sin embargo, me atreví a decirle:
-Señor, no se les puede despedir sin el mes de plazo reglamentario.
He dicho que salieran inmediatamente.
-¿Y quién va a guisar mientras ustedes estén aquí?
-Que se quede Margarita. Supongo que sabrá hacer cualquier guisado, y esto ya basta.
-La muchacha que el señor indica es la más torpe de todas.
-No importa. Le he dicho a usted que la conserve. Busque en la aldea una mujer para la limpieza. Mis gastos han de reducirse inmediatamente. La he llamado a usted para que cumpla mis órdenes, no para que las discuta. Vuelvo a repetirle que despida a todos menos a Margarita. Es una mula y trabajará como una mula.
-Me permito hacer observar al señor únicamente que los criados despedidos de esta forma tienen derecho a un mes de gratificación.
-Pues bien, que se les dé el mes. Esto me ahorrará un mes de glotonería y despilfarro. En la cocina se hace lo que se quiere.
Esta observación era una injusticia que se me hacía en mi celo por los intereses de la casa. Unicamente la caridad cristiana, en atención al estado de las señoras, me impidió presentar en aquel momento la dimisión de mi cargo. No queriendo rebajarme a más, me levanté diciendo:
-Dada su última observación, no tengo nada más que decir. Se le obedecerá en todo lo que ordene.
Y con una inclinación de cabeza, salí.
Al día siguiente se marchó toda la servidumbre. Quedamos solamente Margarita, el jardinero, que tenla casa en el parque, y yo. Con el castillo en aquel estado, Lady Glyde enferma en su habitación y la señorita Halcombe tan débil como un niño y sin médico, no era extraño que la melancolía se apoderase de mí y con todas mis fuerzas deseara perder de vista para siempre aquel castillo tenebroso.
II
El siguiente acontecimiento fué mi partida, y se verificó según estas extrañas circunstancias.


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