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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.220

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No dió instrucciones para su tratamiento. Varió el plan que se había seguido con la enferma, y dijo que de momento no podía responder de su vida, hasta que viera la reacción que habían de producir las medicinas por él recetadas. Se despidió diciendo que volvería al cabo de cinco días.
Con, una lentitud desesperante, transcurrió este plazo de tiempo. La enferma empeoraba. La condesa y yo relevábamos a la señora Rubelle en sus cuidados. Lady Glyde, a quien era imposible separar de su hermana, demostraba una impresionante presencia de ánimo, completamente increíble en una mujer tan delicada como ella. Sufría mucho, y sus sufrimientos me recordaban los míos durante la desgraciada enfermedad de mi difunto esposo. Sir Percival y el conde continuaban en la biblioteca, y frecuentemente nos enviaban recados interesándose por la salud de la señorita Marian.
Al cabo de cinco días volvió el doctor. Dijo que una vez se declaraba esta enfermedad, hasta el cabo de diez días no se producía la crisis, en un sentido o en otro, y anunció una tercera visita para esa fecha. Al lugar a este día se apiadó Dios de nuestros sufrimientos. El médico de Londres aseguró que la enferma estaba fuera de peligro y que ya no eran necesarios sus cuidados médicos, sino una esmerada asistencia durante el período de convalecencia. El efecto que estas noticias produjeron en la señora fué muy grande. Estaba demasiado débil para poder soportar la alegría que le causaron. Inmediatamente cayó en estado de postración, impidiéndole todo movimiento. El doctor Dawson aconsejó reposo y cambio de aires. Al día siguiente se produjo otra disputa entre el conde y el doctor. Se discutía el alimento que había de darse a la convaleciente, pero esta vez la discusión fué definitiva. El doctor se encolerizó y se despidió de nosotros, anunciando que enviaría la cuenta aquella misma tarde.
De este modo nos quedamos sin médico. Como había dicho el de Londres, el estado de la señorita Halcombe no hacía necesarias atenciones facultativas, pero, sin embargo, yo crea que debiera haberla habido todavía durante algunos días.
El señor no tuvo esta opinión. Dijo que en cualquier momento podía buscarse un médico, en el caso improbable de que la señorita recayera. Mientras tanto, el conde nos aconsejaría lo que teníamos que hacer. No me pareció oportuno ocultar a la señora la marcha del médico. Lady Glyde estaba entonces en sus habitaciones, porque la debilidad le impedía salir de ellas. Hubiera sido mejor engañarla con una mentira piadosa, pero no dejaba de ser una mentira, y estas cosas son siempre desagradables para una mujer de mis principios.
Algo más ocurrió aquel día, y con ello se aumentó el estado de desasosiego que desde hacía días veníamos experimentando.


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