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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.219

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Cuando el señor conde se acercó a ella, su mirada, que vagaba por la habitación, se fijó en él con una expresión tan horrible que me acordaré de ella mientras viva. El señor conde parecía estar muy afectado. Con exquisita delicadeza le tomó el pulso y palpó sus sienes. Se volvió al doctor, indignado, demostrándole un desprecio imposible de ser descrito. Luego me preguntó:
-¿Cuándo se ha verificado este cambio?
Se lo dije.
-¿Ha entrado la señora en esta habitación?
Le dije que el doctor lo había prohibido.
-¿Usted y la señora Rubelle saben de qué se trata?
-El doctor teme que la fiebre sea infecciosa.
-Es tifus -dijo el conde.
Durante este tiempo, el doctor había conseguido reponerse de la confusión que le había producido la terrible mirada del conde, y dijo, molesto:
-No es tifus. Protesto de que se mezcle usted en mis asuntos. La única persona que tiene, derecho a hacer preguntas aquí soy yo. He cumplido con mi deber.
El conde le hizo callar con un ademán, y le señaló la cama. Entonces, el doctor, tercamente, repitió:
-He cumplido con mi deber. Vendrá ahora un médico de Londres y consultaré con él el caso, pero con nadie más. Le insisto en que salga de aquí.
-He entrado aquí -dijo el conde majestuosamente- en nombre de un sagrado y elemental deber de humanidad. Volveré a entrar si tarda ese médico a quien espera. Le repito a usted otra vez que es fiebre tifoidea, y que de ella tiene la culpa su estúpido tratamiento. Si esta mujer se muere, le denunciaré a usted a un tribunal como causante de esta inmensa desgracia. Es usted un ignorante y un obstinado.
Al salir, el conde encontró a Lady Glyde a la puerta del salón, pero hallábase tan alterado que paso ante ella sin verla y no pensé siquiera en prohibirle la entrada. El doctor tuvo más presencia de ánimo, a pesar de los esfuerzos que efectuaba la señora diciendo: «Quiero y tengo que entrar», se opuso a ello resueltamente, diciendo qué la fiebre adquiría un carácter infeccioso que le obligaba a tomar aquellas enérgicas medidas. La señora se desvaneció. La condesa y yo tuvimos que acostarla y logramos al poco rato, a fuerza de cuidados, que recobrara el conocimiento.
Hasta la llegada del médico, las horas transcurrieron lentamente, pero por fin, a las seis y media, llegó. Parecía inteligente y formal. Me extrañó, sin embargo que le preguntar más a la enfermera y a mí, que al propio médico. Examinó luego a la enferma y confirmó la expresión manifestada por el conde.
-Es un claro caso de tifus.


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