La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.218
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Créame, Lady Glyde ofenda al médico, pero salve a su hermana. Desde lo más profundo de mi corazón se lo ruego.
Y salió de la habitación más de prisa de lo que acostumbraba. La pena había destrozado a la pobre señora. No contestó, y en cuanto salió el conde me dijo:
-¡Ah, señora Michelson! Me moriré viendo a mi hermana así. No tengo, además, quien me aconseje. ¿Cree usted que se equivoca el doctor?
-Con todos los respetos que sean debidos al doctor Dawson, creo que haría bien la señora en seguir los consejos del señor conde.
-Seguir sus consejos... -murmuró, como si hablara consigo misma- ¡Dios mío!
Si no recuerdo mal, estuvo ausente el conde durante una semana. Sir Percival estaba sumamente inquieto y preocupado. Iba de un lado a otro y preguntaba con frecuencia por la salud de la señorita Halcombe y de la señora. Está demostrado que el espectáculo de la enfermedad purifica el alma, y si en esta circunstancia hubiera conocido a mi difunto y llorado esposo, como persona de alma piadosa, estoy segura de que en él se hubiera verificado un cambio moral muy satisfactorio.
Días después, el estado de la señorita Halcombe, pareció mejorar un poco. Nuestra confianza con respecto al doctor renació algo, pero al tercer día noté un cambio que nos alarmó mucho. La enfermera lo había notado también, pero de común acuerdo no quisimos decir nada a la señora, que, rendida por la fatiga, dormía en un sofá del salón. Precisamente aquel día llegó tarde el doctor. Cuando vió a la enferma, se alteró sumamente, y, aunque se esforzó por ocultarlo, era fácil darse cuenta de que estaba alarmado y confuso. Inmediatamente envió a un criado a buscar desinfectantes, que fueron empleados según sus instrucciones.
-¿Es infecciosa la fiebre? -pregunté.
-Mucho me lo temo. Mañana lo sabremos con toda seguridad.
Ordenó que se le preparara una cama, y que no se dijera nada a Lady Glyde sobre el cambio que se había operado en la enfermedad, añadiendo que se le prohibiera terminantemente la entrada en la habitación. El propio médico lo hizo y esto originó una triste escena.
Al día siguiente, en el primer tren, marchó a Londres uno de los criados. Llevaba una carta para un médico famoso, en la que se le rogaba que viniera inmediatamente. Poco después volvió el conde. Bajó su responsabilidad, la condesa le llevó al cuarto de la enferma. Esto no me pareció incorrecto, por cuanto el señor conde es un hombre casado y miembro, además, de la familia.
La señorita Marian deliraba en aquel momento, y, por lo que decía, nos consideraba a todos enemigos suyos.
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