La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.217
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Se quedó en que la enfermera comenzaría a actuar él día siguiente. Yo volví a velar a la enferma y vi sorprendida que la señora se negaba a que la enfermera comenzara sus funciones. Esta descortesía para una extranjera me pareció indigna de su educación.
-Señora -me atreví a decirle-, no debemos formar juicios temerarios, y mucho menos cuando se trata de extranjeros.
Lady Glyde comenzó entonces a llorar y a besar las manos de su hermana.
A la mañana siguiente nos llamaron al salón a la enfermera y a mí. Se trataba de presentar a la recién llegada al doctor. Pero en lugar de aparecer éste en el salón, me mandó a buscar al comedor, donde se encontraba. Le oí escandalizada. Bruscamente me dijo que no aprobaba la elección de aquella enfermera buscada por aquel gordo charlatán, como llamaba al conde; que le había pedido a Sir Percival que la despidiera, pero que éste le había dicho que era inconveniente hacerlo sin probar sus servicios, por lo menos en atención, a la tía de la señora, que la había traído. Comprendió el doctor que era justa la proposición, y accedió, a condición de despedirla inmediatamente, si no le satisfacen sus servicios. Por fin, me dijo:
-Comprenda usted, señora Michelson. Le ruego que no se separe un momento de esa mujer, y, sobre todo, preocúpese de que la enferma no tome otras medicinas distintas de las que yo he indicado. ¿Sabe usted dónde está? He de decirle algo antes de entrar en la habitación.
Fuimos al salón. La enfermera, hablando un inglés incomprensible, sostuvo con toda felicidad el interrogatorio a que la sometió el doctor. Después nos dirigimos a la alcoba de la señorita Halcombe. La enfermera miró a la señorita, pero se inclinó ante Lady Glyde, con la consiguiente desconfianza de la señora. Luego ordenó las sillas y se sentó en espera de que se hicieran necesarios sus servicios. Atendiendo a lo que el doctor me había dicho, he vigilado constantemente desde los primeros días a esta extranjera, que, por otra parte, es una persona discreta. He de decir, en honor a la verdad, que cumple fielmente su obligación, y que el doctor no ha tenido que hacerle reproche alguno.
Ocurrió otro acontecimiento. Pasó en la casa, durante una de las ausencias temporales del conde, a quien asuntos particulares reclamaban en Londres. Antes de marchar tuvo una seria conversación con la señora a propósito de la señorita Halcombe.
-Si usted quiere, siga durante un par de días el régimen que el doctor le ha impuesto -le dijo-, pero si no se inicia ninguna mejoría mande usted a Londres por un médico, para que consulte con ese ignorante, aunque se oponga a ello.
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