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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.216

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Al día siguiente, la condesa, sin decir nada que yo sepa con respecto a su viaje, salió muy temprano para Londres, acompañándola hasta la estación su amable esposo.
Por esta razón me quedé sola para cuidar a la enferma, y solamente se produjo un incidente desagradable entre el señor conde y el doctor. Cuando el señor conde volvió de la estación, entró en el saloncito de la señorita Halcombe, y allí me preguntó por su estado. La señora y el doctor se hallaban junto a la enferma. Yo le contestaba entonces que querían sujetarla a un régimen, y que después de los violentos ataques de fiebre quedaba en un estado de postración completa. Entonces entró el doctor en el saloncito.
-Buenos días, doctor -dijo el conde con toda amabilidad-. ¿Sigue sin mejoría la enferma?
-Yo encuentro mejoría -contestó el doctor.
-¿Insiste usted en tratarla por ese régimen que tanto la ha debilitado?
-Insisto en el régimen que me parece más conveniente.
-Permítame que le haga una pregunta, que no es ni mucho menos un consejo: está usted un poco alejado de los centros científicos más importantes, como son París y Berlín. Tal vez haya usted oído hablar de que los aniquiladores efectos de la fiebre, se combaten por medio de fortificantes, con objeto de animar el decaído estado del paciente. ¿Ha oído usted hablar de esto?
-Cuando sea un doctor quien me haga estas preguntas, tendré sumo placer en contestar a ellas. Ahora, no veo la necesidad de hacerlo.
El conde, habiendo recibido este exabrupto, perdonó la ofensa como un verdadero cristiano y contestó con su reposado tono de voz:
-Buenos días, doctor Dawson.
Ojalá mi querido y difunto esposo hubiera conocido al conde. ¡Qué bien se hubieran apreciado ellas dos almas tan cristianas!
En el último tren regresó la condesa acompañada por una enfermera. Dijeron que se Llamaba señora Rubelle. Su aspecto y lo mal que hablaba el inglés denunciaban a todas luces a una extranjera.
Mi nunca bien llorado esposo me inculcó la piadosa idea de que hay que tener una consideración indulgente para con los extranjeros. Por esta razón, no, diré que la señora Rubelle era una persona pequeña y seca, que tendría unos cincuenta años y que por su morenez parecía una criolla. Además, sus ojos eran pequeños e inquietos. Tampoco diré nada de su vestido de seda, que me pareció muy valioso para su situación económica. Desde luego, no diré nada de esto. A mí no me gusta que me critiquen, y por eso no criticaré a nadie. Diré tan sólo que sus maneras eran muy reservadas, y que demostraba la misma desconfianza que los gatos.


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