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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.215

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No puedo recordar las cosas que me preguntó con respecto a ella, pero si me acuerdo que me enseñaba mientras tanto las habilidades de sus canarios. Los grandes señores se demuestran precisamente en estas cosas.
La señorita Halcombe parecía no mejorar. La segunda noche fué todavía peor que la primera, y como anteriormente, la señora condesa y yo alternábamos velándola. Lady Glyde no quería salir de la habitación.
-Mi lugar está al lado de mí hermana -decía constantemente, y no lográbamos que se retirara a descansar.
Al mediodía bajé para cumplir algunos encargos, y una hora después volví a la habitación de la enferma. Al cruzar el vestíbulo vi al conde, que volvía de excelente humor; en ese momento se abría la biblioteca y Sir Percival, desde a puerta, le preguntaba:
-¿Ha conseguido usted encontrarla?
No a quién se refería.
Sonrió el conde todavía más, pero no contestó. Sir Percival, dándose cuenta de mi presencia, pronunció una palabrota y dijo con brusquedad:
-En tanto haya una mujer en esta casa, tendremos la seguridad de encontrarla siempre en la escalera.
-Querido Percival -dijo el amable señor conde-, esta señora tiene muchas obligaciones que cumplir. Me parece usted demasiado injusto no reconociendo qué las cumple maravillosamente.
-¿Cómo está la enferma, querida señora?
-Por ahora no hay mejoría, señor Conde.
-Vaya, por Dios -murmuró, y dijo luego, mirándome-. Está usted fatigada, y lo comprendo. Hay que encontrar a alguien que ayude a mi esposa y a usted. Probablemente, no tardaré en encontrar la ayuda que ustedes necesitan. Además, mi esposa se ve obligada a marchar mañana a Londres. Volverá por la noche. Si está libre, vendrá acompañada de una enfermera que todos conocemos y es de absoluta confianza. Le ruego que no diga nada al doctor. Es un hombre celoso de su deber y sus atribuciones, y no le gustará que escojamos nosotros lo que seguramente cree que debe escoger él. Cuando venga aquí y conozca su habilidad y discreción, la aceptará gustosamente. Lo mismo digo con respecto a Lady Glyde. Tenga la bondad de ofrecer a ésta mis respetos.
Hablaba tan amablemente, y me había defendido en aquella ocasión con tanto efecto, que quise demostrarle mi gratitud por sus atenciones. Pero Sir Percival, con otra palabrota como la que ya antes había pronunciado, me interrumpió llamando a su amigo. Los dos entraron en la biblioteca.
Continué haciendo lo que tenía que hacer, experimentando una viva curiosidad por saber a quién se referían las palabras que había pronunciado el señor. Sin duda, se trataba de una mujer. Dios me libre de cualquier mal pensamiento, pero aquello había despertado en mí una viva curiosidad.


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