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La Dama de Blanco (Wilkie Collins) - pág.214

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Es esta la sola razón que me fuerza a mezclarme en lamentables asuntos de familia, los cuales yo soy la primera en deplorar.
Como escribo ahora, cuando ya ha pasado tanto tiempo, no recuerdo las fechas con exactitud, pero supongo que no me equivoco creyendo que la enfermedad de la señorita Halcombe comenzó en la última decena de junio.
Aquella mañana, la señorita Halcombe no se presentó en el comedor, a pesar de que era siempre la primera en hacerlo. En vista de ello, se mandó a una doncella a sus habitaciones. Esta volvió al poco rato asustadísima. Al encontrarla yo en la escalera, salí enseguida en busca de la habitación de la señorita, y la encontré dando vueltas por el cuarto, con una pluma en la mano y con una fiebre intensísima. Cuando entró la señora, al verla en este estado, casi perdió el conocimiento. No tardaron en subir los condes, y todos hicimos lo que pudimos por ella. Un criado fué en busca del médico más cercano. Era el doctor Dawson, un hombre muy respetable y muy querido en los alrededores. Llegó antes de una hora y nos asustó a todos diciendo que era un caso muy grave. El conde, con su amabilidad de siempre, converso con el doctor con respecto a la enfermedad, pero el médico le preguntó bruscamente si hablaba con algún colega. El conde le contestó que había estudiado únicamente por gusto, y el doctor le replicó diciendo que no consultaba con aficionados. El conde sonrió, sin hacerle caso alguno, y me dijo que si algo ocurría que fueran a buscarle a la cabaña del lago. No puedo comprender qué era lo que iba a hacer allí, pero durante todo el día, hasta la hora de comer, estuvo en aquel lugar.
La señorita pasó muy mala noche. A la madrugada se puso peor, y como en el castillo no disponíamos de enfermera alguna, la señora condesa y yo la veíamos. Lady Glyde estaba también enferma a causa de la enfermedad de su hermana, y era más propio que la cuidáramos nosotros que cuidara ella a nadie. Es una señora muy cariñosa, pero llora y se asusta constantemente, y esto hace que no se la permita estar en la habitación de la enferma.
Por la mañana, el señor y su amigo preguntaron por la enferma. El señor estaba un poco turbado y demostraba una cierta agitación, mientras que el conde se mostraba, como siempre, tan cumplido y correcto. En esta casa, es el único qué me trata como a una señora. Cierto es que es un hombre muy cariñoso para todos, pues incluso el día en que fué despedida la doncella de la señora se interesó mucho por ella y me preguntó si tenía familia y adónde iría a partir de aquel momento.


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